viernes, 24 de junio de 2016


Aquella mañana no madrugó. No abrió tampoco la ducha ni tuvo que esperar los cinco minutos que tardaba en salir el agua caliente. No se preparó el café ni desayunó frente a la ventana intentando averiguar, tras la oscuridad, el tiempo que haría. No tomó el autobús, ni saludó al conductor con la cordialidad acostumbrada. Tampoco buscó la mirada furtiva de la hermosa mujer que se sentaba siempre al final. No recorrió, con prisas, los apenas quinientos metros que distaba la Oficina de la parada de autobuses, ni saludó al portero, ni fichó observando la hora que daba el inmenso reloj que coronaba la entrada al pasillo de despachos. No abrió su escritorio, ni despachó los asuntos pendientes del día anterior, ni tomó con los compañeros el café de las diez, ni atendió el teléfono en el resto de la jornada. No se despidió, ni llegó a deshacer los pasos de la mañana. Tampoco a nadie le interesó el porqué.

Isidoro Irroca

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