Hace ya un diluvio de caricias
que mis manos te recorren de memoria
y no han hallado esconce, prohibición,
paraje de reserva o
coto remitido a la clausura.
Han hallado, sí,
los múltiples caminos de tu vasto territorio
y han cruzado la puerta que da al conocimiento.
Por esta causa te sé.
Te sé con la certeza de lo exacto,
como sabe un niño el hambre
y el camino del pan hacia la boca.
Te sé como se sabe un corazón
abierto a una infinita primavera.
Mis manos son la forma de tu cuerpo.
Son tu cuerpo mismo.
Y también la cenestesia de tu cuerpo.
Y también el equilibrio de tu cuerpo
con su íntima fotografía.
Del libro Azumbres de la noche de
Mariano Estrada
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