jueves, 23 de junio de 2016

LA PROFECÍA


Por muchos años vivimos en un monasterio bajo el cuidado del abate Armagh y a resguardo de las
inclemencias terrenales. El sabio maestro insistía con que el universo no era más que las piedras y las
estrellas, y que todos los hechos podían explicarse con la Biblia, la herramienta divina. Nunca le
contradecimos. Pero teníamos los papiros prohibidos con la otra historia de nuestro pueblo milenario. Inclusive la terrible profecía que advertía que en el año 500 de nuestro señor, descenderían de los cielos los antiguos Vishap con sus ejércitos de dragones alados. Así fue. Llegaron y nos recordaron que nuestros verdaderos progenitores eran ellos y no aquellos que decían habernos hecho a su
imagen y semejanza. Shakar, el líder, tuvo en cuenta que nuestra gente ya tenía sangre de dragones. Aun así, nuestra ignorancia y reciente cambio de religión ameritaban un castigo y la sujeción a un nuevo plan que consistía en matar a nuestro rey y luego, modificar nuestra naturaleza para producir hombres-dragones, superiores a sus aliados del momento, los híbridos deformes que  emergían de las profundidades de la tierra para asentarse en torno a la montaña sagrada, quemar cultivos y robar nuestros animales, mujeres y niños. Nuestra gente se resistía.
Entonces los Vishap fijaron su morada en lo alto de una montaña, en una cueva. Allí sacrificaban vírgenes y mancebos inocentes mientras disfrutaban de los sacrificios, el fuego y las vertientes sagradas que producían visiones maravillosas, resplandores y temblores. Abajo, en el valle, los campos se llenaban de serpientes y cundía el terror.
Desesperado, nuestro abate quiso pactar con Shakar. Pero en un ataque de furia, el dragón le arrancó los ojos, tomó posesión de él y le reveló nuestro destino. Al cabo de mil quinientos años, convertidos en draconianos oscuros y sincopados, marcharíamos por los desiertos espada en mano sembrando la
destrucción y la muerte en nombre de un dios. ¡Pobre Armagh!
Estupefactos, le oímos balbucear que después de lo que había visto, sólo deseaba morir. Y él, que sabía tanto, ya no sabe nada.

Violeta Balián (Argentina)
Publicado en la revista digital Minatura 149

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