jueves, 23 de junio de 2016

ESPERANDO A MORFEO


Hace ya tanto tiempo que no puedo dormir ocho horas seguidas, tanto tiempo que la calma ha huido de mi alma y me ha sumido en la desesperanza, en esta angustia que me recorre las entrañas, que he olvidado la última vez en que el sueño me apresó con verdadera rabia; con esa arrebatadora pasión de los amantes que en la complicidad de la noche, que les acompaña con la ternura de esos momentos a solas, revistiéndolos de esa hechizante capa de oscuridad que los protege de las curiosas miradas de los dioses, en medio de la intimidad del silencio, a salvo de ruidos o voces que puedan perturbar el diálogo de sus enardecidos corazones, se entregan fervorosamente el uno al otro, confundiéndose entre las sábanas del sagrado lecho, sumergidos en una vorágine de caricias y de besos, devorándose mutuamente, gozando de ese sublime placer, al tiempo que sus cuerpos se agitan como dos volcanes embravecidos que pugnan por estallar, hasta que sus lavas se desbordan y se mezclan en un instante mágico.

Quisiera que Morfeo me asiera de tal modo; que con esa divina furia me llevara a su mundo y me concediera un descanso completo; poder disfrutar siquiera de ese pequeño ensayo de la muerte sin interrupciones, plenamente; no tener que cortar el reposo al cabo de pocas horas para luego tener que volver a buscarlo, mientras tu voz acude a mi mente para espantar mis temores, esos fantasmas que me nublan con funestos presagios. Es dulce oírte. Por supuesto. Pero durante las horas de vigilia ya te pienso, y es tu hermoso recuerdo lo que me seca las lágrimas cuando acuden a mis párpados. Llegada la noche, quisiera al menos dormir; que mi alma abandonar mi cuerpo inerte para reunirse con la tuya, y durante unas pocas horas hacerte mía.

Mas tampoco ello me es posible. Así como los mayores placeres de la vida, ese sabroso fruto que endulza la existencia y hace que valga la pena; ese instante prodigioso en que el ser humano se convierte en divino y alcanza efímeramente la inmortalidad; cuando el cielo parece abrirse y las estrellas del firmamento se apagan ante el éxtasis de los amantes. Del mismo modo que todo ello, también se me ha privado de la paz del sueño, de ese abrazo del dios perezoso. Acaso la vacuidad de mi vida sea la que provoque esta segunda nostalgia, así como es la causante de la mayor parte de mis dolores. Ahora mi descanso es incompleto, y cuando en el sueño por fin consigo apresarte, ya has de irte. Es tal la desgracia, que ni tan sólo ahí me es dado tenerte.

JAVIER SÁNCHEZ GARCÍA

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