El acento era lejano,
pero muy claro y elocuente;
el hombre de tez trigueña
y estatura baja,
ojos serios,
complexión sencilla.
Al comando de una cuadrilla
de gente popular,
armas de todo tipo
y de calibre diferente.
Los gendarmes
con sus gases,
los escudos como trincheras
evitando palos y piedras,
amotinados ante la turba,
que con su “piedra”,
gritaban,
arengaban,
mientras en su horda,
arrasaban con lo que a su paso atravesaba,
mientras el humo de los gases
aturdía a los transeúntes,
y los locales más comunes,
cerraban sus puertas
y al despilfarro de lo falto,
descansaban de vender tanta nada.
El comandante de la guardia
se puso en vanguardia
y cortésmente invitó al diálogo;
sin prólogo, el extranjero,
se acercó lento y seguro,
el otro, cauto y con disimulo,
al encuentro se dispuso.
- Usted, por su estampa,
¿no es de aquí?.
- Así mismo.
- Por su acento es de otro país,
entonces, con todo respeto,
pero con energía
de buen policía
¿Qué diablos hace un extranjero
entre nuestro pueblo?
¿Qué hace un terrorista lejano
jodiendo en nuestro patio?
-¡Qué pena agente
que le conteste fuerte
delante de tanta gente!
Su inteligencia,
a simple vista
no divisa
por juzgar con prisa.
La humillación y el hambre
despiertan la rabia y el coraje,
además quien martiriza a mis hermanos,
así sea en cualquier terreno,
sea connacional o extranjero;
los caprichos de un tirano,
las estúpidas decisiones de un villano
que afectan el bienestar de un pueblo,
la tranquilidad y pone al suplicio
y aumenta su sacrificio,
suprimiendo la comida,
dejando en desabastecimiento,
y al colmo de sufrimiento
la escasez de los servicios básicos
y los medicamentos;
el orgullo despótico,
la fuerza anárquica
del poderoso mañoso,
la ignominia del político astuto,
que al ciudadano ejemplar
lo considera bruto,
porque no se subleva
ante tanto desatino,
es un pobre cretino,
sí considera que no hay defensor
que se apropie del dolor,
que se sienta salvador
de sus hermanos
(y se sienta un paisano,
aunque siendo de otra tierra),
no le tiemble la mano
y se juegue el pellejo
en pos de los derechos
de sus hermanos.
- Ahora, Señor agente,
con todo respeto,
le replico, usted que pertenece al pueblo,
aunque labore por un salario
al servicio, no de un Estado,
sino de un diosito enano,
de un gobernante repugnante,
que se cree dios supremo
o un juez eterno,
y condena al martirio
a los indefensos
y hacen de este paraíso
un infierno,
y después consideran
y pregonan con insulsas palabras,
excusas pendejas
de todo canalla,
que le echan la culpa,
de su ineptitud
a fuerzas oscuras y extranjeras,
quienes invaden con mentiras y querellas,
las causas de tan difícil situación
que afecta a toda la Nación.
- ¿Me considera usted un extranjero?
O es que, ¿el extranjero es usted
que no observa lo delicado de la Nación?
ALAN OSLON (ALIDES ANTONIO LONDOÑO OSORIO) -Colombia-
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