I
EXTIENDO LA ESTANCIA que me es propia, hasta el umbral de los otros. Hasta los pies que cansados, sudorosos y polvorientos hollan sendas ignotas. Nada me es distante, esquivo o ajeno. Todo pende del ser que fluye en el cauce de la memoria, y ese transcurrir incesante de miradas y cantos desconocidos. Me reconozco en la mansedumbre y serenidad que nos libera del vértigo, en la levedad que fructifica en el sino de los tiempos, en la sed sólo satisfecha en la tibia luz de otros labios que no son los míos, pero de los que manan el venero de la compasión.
II.
RESPIREMOS TAN FUERTE y tan profundo para quebrar el malogrado sino que reduce y distancia nuestro tacto. Y en cada inspiración, la medida exacta del universo. Y en cada expiración, roce que mitiga el dolor del mundo.
III
LA NIÑA DESCUBRE SUS PIES DESNUDOS. En cada huella el mar sonríe. El poso de luz, vencido aquél en la orilla, embebe la mirada. El mediodía se consume como hebra encendida.
ULTÍLOGO.
ESCRUTAMOS EL CELESTE y nada nos impide prescindir de su símbolo de divinidad. En la vertical, a pie de tierra, aprehendemos el pespunte de lo humano. Somos insatisfechos y menudos deseos que claman por la pérdida.
PEDRO LUIS IBÁÑEZ LÉRIDA
Publicado en Luz Cultural
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