(A mi hija Cristina, que sufrió en silencio por dejarnos dos nuevos y hermosos nietos)
Esperándote estaban.
Hacía días ya que, inquietos con la aurora,
abrían sus ojitos no opinados
recorriendo, sin ver más que reflejos,
la habitación trescientos treinta y uno
como queriendo hallar tu silueta.
Buscaban el calor de tu regazo,
que les faltara en las primeras horas,
para acabar dormidos
en los abuelos brazos de juncia y mejorana.
Te esperaban. Había por sus cuerpos
ansiedad, alterada solamente
por la danza continua
de biberones, mudas y controles.
Diestras manos paternas, con oficio,
te suplían
con un nervioso vuelo de palomas
refugiado en los dedos
y un respirar de corazones tristes.
Yo también aguardaba, refugiado
en mi debilidad,
el cenital momento en que tus auras
invadieran paredes y rincones
de este cuarto en espera.
El corazón cansado y sometido,
la esperanza abierta y empeñada la fe
en no rendirse firme...
…Y has llegado
por tres veces vencida y resurgente
a nuestra soledad desarbolada.
Has incendiado nuestros corazones,
que eran solo pavesas,
y plantado en los ojos una lluvia
Asociación Artístico Literaria Itimad
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copiosa de emociones contenidas.
Bienvenida a los tuyos,
hija mía; bien hallada.
Tus hijos lo celebran como solo
los ángeles deben saber hacerlo:
con la sonrisa en paz y el llanto fácil.
Nosotros sacudimos tercamente
la sombra de tan honda noche oscura
y, casi en un susurro imperceptible,
a Dios damos las gracias y colgamos
nuestra felicidad
por los percheros de todos los rincones.
Luis Carlos Mendías (Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 18
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