jueves, 17 de abril de 2014

UNA TARDE CUALQUIERA


Pongo las piernas encima de una silla,
carraspeo conteniendo la respiración,
giro el torso y aposento el teclado del ordenador.
Todos hablaban con un hombre de setenta y siete años sobre ateos.
No, yo no he querido hablar con mi padre de ateos,
no de creer,
no de la posible belleza de una cara sangrienta,
del terror de las sotanas,
del incienso que ciega.
He mirado lejos, más lejos, tan cerca de la derrota
que he huido junto al teclado del ordenador,
no quería mirar cara a cara
al miedo al futuro.

Mientras, las niñas corretean detrás de un balón al que han puesto de nombre peo,
sus carcajadas revolotean como diablillos
alrededor de su felicidad.

Recojo las piernas,
según los manuales de comunicación no verbal
eso puede significar que tengo frío
que dentro de mi pasado
dentro de mis inercias,
tengo frío.

Las mariposas nocturnas que no quieren mis ojos,
se irán con la brisa, la lluvia o el viento
como otras veces.

No, no he hablado de ateos con mi padre.

GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-

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