viernes, 18 de abril de 2014

QUEPOS EN POS DE LA MAR


Batallas y huellas de mí pueblo,
laureles sentados en mi punto de partida,
agua e hilván existencial,
prosa en mi puño,
sed de metal,
luz de céfiro corazón,
sol de pólvora que aún no engendró su estallido.

En la celeste premura (este, punto cardinal)
Mañana tica,
ceniza de sueños breves
y Aurora de mar vehemente, horas de Quepos,
embalaje de bienvenida y olvido vivo.
Gravedad celeste en este respirar.

La voz de la ola en las botellas plástica, vacías
llenos de sol y perspectiva.
La bruma de la mar octubre, flota
con su carne de almendra cenicienta.
Tierra tica que se llena de fuego verde
y sangre clorofila,
octubre monótono y fideicomiso despertar.

Mi hado leguleyo pagado con impulso de inercia,
mi basto fulgor embelesa la ventana,
veo el rostro inasible del porqué.
Una claridad en barroco,
una llanta queriendo ser distancia,
un yo de geranio,
un usted de lánguido feliz.

La madeja pasa con vos de vidrio pulcro
y las nueve de la mano del día.
Nos obstante; la espiga,
la libertad amiga,
el ojo de paracetamol de la alegría.
¿Para qué anteojos con filtro solar de antaño?
Aquí está el ahora, culto y patrón en mi mano.

Estoy abajo de la espesura de arriba,
la afición me trae a fisgonear, dictado don de solaz misterio.
Vivo en lo jovial y ostento,
saltimbanqui celeste,
amo la pampa
y el diccionario de la selva que se pone de pie con el sol.

He heredado treinta junios
y admiro el destino encara y hoja del labriego sincero.
La brisa me lleva con abandono de talón silente.
Las ansias arraigadas me besan con ironía.

Leo alientos nuevos que me etiqueta
Artiaga de Valencia en mi iPod.(su poesía de arquitecto indomable, poderosa)
Yo a veces le idolatro,
aunque el prohíbe que le diga Maestro.

Así prematuro y sentado en mi mesa
de pino sagitario
veo las rústicas heladas de la mañana en Quepos.

Mi puerta siempre está en pie
trazada de bienvenida y transparencia.
Tiemblo en el alambre de luz de este porvenir,
fresco y sediento de la mar.

Mar de muslos calientes
y linajes de toda especie,
pies que hacen ruta,
olas de níquel que ciegan al mediodía,
sal de carácter azul, femeninas playas
atemperadas de beldad.

Aquí pasamos con un ejemplo dilatado
del naufragio con cangrejos y conchas mustias.
Cruza el atardecer con chicas y vino
lleno de uvas y años con
polen de brisas
y falacias en el horóscopo,
donde alguien al pasar te saludó con inercia.

Los ahogados peces de mi ansiedad concreta
y sistólica nadan sin agua.
Sois (somos) el preludio y el hábitat de canción sincera.
El guiñapo de la audacia y el aedo que les saluda hoy.
Me fatigo con serpientes búsquedas
de veneno innato y literario.

¿Qué corazón dilatado toma milicia
en el trino
y mi hueso de sal en la insignia?.
La imberbe esperanza llora con sus sueños acostados
en la tristeza de otro querer.

Mi océano de harina me dice que todavía queda apetito,
hay ensueño con nata
y vasos de café platicando con el cemento,
trabajadores batiendo el silencio endurecido.

Hay acción clamorosa y una selva de palabras
que tengo que sembrar
en el erial de un elogio establecido.

Les dejo mi canción de homilía bipartida,
cuerpo basto y rebelde senos que crían el instinto.
Dejamos el orgullo desvelado,
el corazón con razón de latido
y alimento de trigo
y la comprensión en yodo y caricia
para aquel que padece sin motivo.

Describo el olvido; pero no lo conozco.
Conozco mis sandalias de verde hule y selva íntima.
Me conmuevo sin motivo
y del sí
ya sido con presencia.

Aunque en mí hay una imprenta
que aún no se ha editado.
Tiene tantos días la palabra
que ni en mil siglos acabaría.
Esto me parece un lucero que arde sin llama.

Me parece que voy y vengo
y lo sentido se queda sin mí.
¡No hay un motivó lo sé!

Pero el silencio tiene puertas adonde huimos
para estar sin palabras
y sin nosotros mismos,
sin región, ni culpa,
estar en pétalo y vacío.

Vives y comprendes
que el metal de la vida gotea;
pero hay una fuerza divina que no deja que se desprenda.

Belén Aguilar Salas -Costa Rica-

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