Hay “tradiciones populares” que soy incapaz de comprender. Es más: no quiero ni entenderlas ni justificarlas. Son aquellas que se agarran a una historia de siglos para seguir manteniendo conductas y actitudes propias de otras épocas y que no deberían tener cabida en pleno siglo XXI.
Por supuesto, me estoy refiriendo a “fiestas” como la famosa de los toros de la Vega, en Tordesillas, en la que una partida de “personas” se divierte persiguiendo y acosando a un toro con lanzas de doble filo hasta matarlo, ante la atenta mirada de otros miles de “personas” que disfrutan con tan “edificante” espectáculo.
¡Pero que no se les diga que eso es una salvajada! No. Tienen la excusa perfecta: es una tradición que se remonta al siglo XV. Por tanto, es historia y hay que conservarla. ¡Sí señor, bonita excusa! Puestos a conservar, pues eso: que recuperen también hermosas tradiciones como la quema de libros, brujas y herejes, la esclavitud o la decapitación pública en la plaza del pueblo, “tradiciones” también muy históricas e instructivas que, además, congregaban a gran cantidad de público en aquellos tiempos.
Justificar la muerte de un animal para gozo y disfrute de un grupo más o menos amplio de personas me es incomprensible. Debe ser que no llego a la capacidad mental y la sensibilidad exquisita de ese grupo de lanceros que acosan a un animal que ni sabe ni entiende qué está pasando.
Francisco J. Segovia -Granada-
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