Ya recorrí la cama,
levanté las sábanas,
hurgué entre la cabecera y la pared,
le sacudí las patas.
Rebusqué de norte a sur,
este y oeste.
Me acerqué disimulada por las cuatro esquinas,
silbando para distraer su atención,
y así agarrarlo desprevenido,
pero nada
¡Que no lo encuentro!
El taimado sueño se ha vuelto invisible
para evitar ser alcanzado por mi necesidad.
Eso sí, al centro de mi cama,
se ha plantado con gran cinismo,
despatarrado,
rascándose la panza muy conchudo y ufano...
el indeseable insomnio.
Paty Rubio
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