RUBEN
Hoy ha muerto en la cárcel, Rubén. Bueno, dicen que le han llevado a morir al hospital… ¡qué más da!... es una cuestión burocrática y de imagen. Queda muy mal para la institución que la asocien con la muerte. Pero la verdad es que, donde se iba apagando, lentamente, ha sido en prisión.
Ha muerto en silencio, como muere el tiempo, sin molestar, olvidado de todos, como tantos otros que han aprendido con esa cruel enfermedad, a abrazar la muerte poco a poco. La peste de nuestro siglo, el azote de las cárceles, lleva consigo el silencio, el abandono, el extrañamiento y el olvido.
Hoy la cárcel es un pudridero de cuerpos devorados por el bicho, que esperan aparcados, la muerte legal. Una trastienda de enfermos, una antesala del cementerio, un moridero de cuerpos olvidados, que nadie quiere recordar ni ver. Rubén era uno de ellos.
Como una candela consume su luz, Rubén sentía extinguirse día a día su vida. Tuvo padres, como todos… familia, como todos… amigos, como todos… amores, como todos… sin embargo ha muerto solo, sin nadie a su lado que le recordara que un día perteneció a la humanidad.
Como tantos otros, estaba procesado y condenado en múltiples causas, por los más variados delitos, que se vio inclinado a cometer en una carrera sin control para procurarse la droga. Aquella parte de su vida, casi toda la que ha malvivido, se le pasó volando, se le fue, como en un día. Tenía al morir la edad de los hombres tocados por los dioses, como el gran Alejandro, como Jesucristo.
Rubén era un caso de esas sorprendentes conversiones carcelarias, que se dan de cuando en cuando, y que resultan tan incomprensibles para un ateo como yo. Decía que si el de arriba le diera tiempo se haría capuchino. Pero el cielo no aguantaba más. Debía quererlo mucho, porque no se lo dio. Por aquí dicen que Dios siente especial inclinación por los sidosos, porque para ellos no es el Dios del perdón, sino el Dios del amor.
Condenado por la vida con la carga del sida, la justicia, ciega de certeza, le persiguió hasta el fin. Enfermo terminal, fue hasta su muerte implacablemente presentado ante los tribunales en causa tras causa, sin olvidarse de una sola y sin atender a su estado. No tuvieron piedad con él… todo se lo quisieron cobrar. Aun después de muerto, le saló todavía otro juicio. Cuatro años más le pedía el fiscal para sumar a las condenas que ya tenía y aún le quedaban causas. Juicios póstumos y condenas póstumas, que la absurda justicia será todavía capaz de oficiar, con un ataúd de cuerpo presente.
Rubén ha muerto… solo… ya os lo he dicho. Una monja intentó acompañarle en sus últimos momentos y no pudo. La jueza, ciega de justicia, no la dejó. Le dio una hora para prepararle a morir, ¡eso dijo!, y la monja tozuda y discutona le arrancó una más. Pero aun así, Rubén murió solo. “La ley es igual para todos, dijo engoladamente su doctrinaria señoría. Para los vivos, para los muertos y para los vivos… aunque estén casi muertos. La monja, que no era madre, pensó que aquella jueza no podía tener entrañas para tener hijos… pero no se lo dijo… se tuvo que aguantar. El engreimiento de su señoría podría llegar tan lejos como el brazo de su venganza y ella tenía que seguir allí, intentando ayudar a otros presos.
Una justicia sin corazón que ha olvidado el sentimiento de la piedad, le dejó morir, sin querer concederle ni una brizna de tiempo para que sus ojos pudieran mirar, por última vez, el mundo. El poder absoluto de la justicia, hace que ninguna terquedad resulte más odiosa y perversa como la del juez que se precia de equidad profesional y que para cumplir la ley, lo hace al margen de la piedad, un concepto que sin él, no se comprende el sentido profundo del hecho de juzgar, si es que algún sentido tiene.
Rubén ha muerto…¿os lo he dicho no?...uno más… La cárcel sigue siendo un pudridero, y la máquina de la justicia, impasible y ciega, de espaldas a los ángeles caídos, juzga y sigue juzgando. Lo mismo que su compañera, la máquina de la cárcel que, impasible y silenciosa, mata y sigue matando, con el silencio cómplice del mundo.
Como en el poema de Quevedo, Rubén “muró en prisión y muerto estuvo preso”.
ALBERTO LÓPEZ
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