Dígame usted, señora,
quien le concedió permiso
para irrumpir de súbito en mi vida
y sacar del oscuro arcón, sin aviso,
mis viejos sentimientos encarcelados.
Aquellos que ya yacían olvidados,
cubiertos de recias telarañas,
como fantasmas en un rincón
acompañando a la vieja esperanza
y a la ya ajada ilusión.
Como pudo usted, señora,
mis viejos pulmones de aire insuflar,
aquellos que habían olvidado respirar
y a un frío corazón devolverle su calor
para volver a hacerle sentir su latido.
Redescubrir de nuevo maravillas
como que el cielo está pintado de azul,
que el sol del mediodía dora la piel,
que las olas acarician en las orillas
y que su estrella es la que más brilla.
Por qué osó usted, señora,
volver a abrir la puerta al amar
cuando yo pensaba que nadie podría
sus oxidados candados arrancar
y darle al corazón ansias para de nuevo volar.
No sabe, amiga mía, que temo a las alturas,
a que se rompan de nuevo mis alas
y el viento me arrastre sin piedad,
dejándome otra vez donde usted me encontró;
en el rincón oscuro de mi profunda soledad.
Por qué quiso usted señora
que volvieran a competir el miedo y la esperanza,
sin saber a ciencia cierta si el amor vencerá
o seré yo quien otra vez perderá…
Isidoro Giménez
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