Han pasado los días
y todavía no encontré
una solución para visitar,
sin permiso, el lago verde.
Mis circuitos, a escondida,
trabajaban sin descanso,
pero no despejaban la incógnita
de la tarjeta roja.
Barajaron varias soluciones
pero ninguna indicó
quien me facilitaría
la imprescindible tarjeta.
Quienes tenían acceso a la computadora
central estaban lejos del círculo
de mis amistades y así nunca tendría
posibilidad de atravesar los controles
que daban paso al lago verde
y a todos sus secretos documentos
que solo conocían los miembros
elegidos de los grupos A y B.
Era un privilegio ir al lago verde
y estudiar cuanto en él había.
Ignoraba como se alcanzaba
ese maravilloso privilegio.
En eso trabajaban ahora mis circuitos.
Esperaba que esta vez resolvieran
mis dudas y me indicaran
el camino hacia el privilegio.
Llegó la noche sin respuestas.
Seguía en mi cubículo individual
esperando que hallaran
la luz que me abriera los controles.
JOSÉ LUIS RUBIO
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