domingo, 12 de octubre de 2014
PLATA NO ES
El áureo fulgor que la bruñida superficie reflejaba, iluminando la estancia a la par que hacía lo propio con el rostro del único testigo de tan ansiada metamorfosis, certificaba el final de su incesante búsqueda. Había entregado su juventud, sus mejores años, su vida entera a la caza y captura del esquivo sueño que en su infancia sembrara en él un anciano al que todos en el pueblo llamaban loco. Ahora el demente era él; el tiempo lo había convertido en el reflejo de aquel hombre, y sus manos
ajadas hablaban del alto precio que había pagado por ello.
Había llegado el momento de volver a contemplar aquella sonrisa en el rostro de su esposa, que las décadas de empecinado aislamiento, trabajando de sol a sol en aquel sombrío sótano, habían hecho desaparecer. Por fin podría cumplir los sueños que ella le confesase cuando no eran más que unos
niños, vistiéndola en seda y envolviéndola en caros perfumes traídos desde la lejana Francia. La
llevaría a conocer el mar, tras largos años de promesas incumplidas, y sabría lo que es dar giros sin parar en un salón de baile, envidiada por todas las damas merced a las joyas que habrían de adornar su ya marchito cuello.
Eran tantas las cosas que podrían hacer, y tan poco el tiempo que les quedaba...
El viejo alquimista tomó todos los escritos que le habían guiado hasta su hallazgo, y los arrojó con premura al fuego que ardía en el hogar. Sin detenerse a contemplar su completa calcinación, salió fuera, enfrentándose a la tormenta que había estallado hacía horas, y no cejó en su empeño hasta
haber sepultado bien profundo aquel fragmento de metal dorado, único vestigio de su éxito.
Tan sólo se permitió descansar cuando se hubo asegurado de que la vida que había conocido no cambiaría; a aquellas alturas se sentía demasiado viejo para alterar su rutina.
Juan José Tapia (España)
Publicado en la revista digital Minatura 125
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