Si confieso mi culpa
hablaré contigo con más libertad.
Te contaré que pienso, que siento.
Sé que me entenderás sin dificultad
porque mis pensamientos son claros
como el agua de un manantial.
Yo no sé que piensas tú ahora
después de ver lo revuelto que está todo.
Mi culpa es mi silencio.
Quiero que tú sabiendo mi pecado
desates mi lengua y me ayudes
a denunciar lo denunciable
porque así mi espíritu se serenará.
Oriéntame. Dame una señal
que me diga que camino seguir.
Necesito fuerza para superar
mi inseguridad y solo tú,
con tu atento silencio,
me la puedes conceder.
Me dirás que tú me hablas
desde los cuatro evangelios
pero yo no estoy seguro
de que tus palabras estén
fielmente recogidas en ellos.
Sin embargo leeré esas palabras
porque son las únicas
que presumiblemente pronunciaste
y que me darán ánimos
para superar mi culpa.
JOSÈ LUIS RUBIO
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