Llueve. La luna es una flor roída
entre tus párpados de sombra. Dejo
a dos lenguas lamiéndose el reflejo
y, al ver mi hambre, una boca repetida
cruza el corto pasillo de la vida:
¡y hay dos perros comiendo en el espejo!
Si te miro, tüerzo el entrecejo;
que, no sé, si eres Dios o eres la herida
de amor que este hombre lleva tatüada
sobre su corazón; que, no hay farola
donde tus besos no alcen una ola
de placer, ni hay un alma enamorada
que en Dios no se estremezca...¡Y, caracola,
tu pecho: ato tu voz a mi mirada!
Cuando te estás callada,
conmigo dentro; un sexo que no gime,
me culpa:¡un Dios sin boca, me redime!
Antonio Ramos Olmo -ESPAÑA-
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