domingo, 12 de octubre de 2014

ESTRÍAS


Sentada en mi antigua, que no vieja, silla mecedora no dejo de pensar en aquellos cuerpos que sentí, y que me sintieron. A punto de cumplir los setenta años, me siento como la primera vez que alguien desabrochó mi sujetador, con una torpeza digna de ser recordada. Mis arrugadas manos, esperan aún muchas más caricias, no solo recibidas, sino también dadas. Ahora que mis hijos están en sus casas, envejeciendo, tengo tiempo de sobra de pensar en mi misma. He aprendido con los años que el té sabe mejor cuando te paras a saborearlo. Mi compañero de vida, Fernando, sigue provocándome las mismas risas, los mismos temblores de piernas… y porque no, la misma libido. Quizás no con la misma regularidad, pero de manera incontrolable, como siempre. Y sonrío mientras escucho a los jóvenes de hoy, “viejos” del mañana, imaginándonos impotentes e insensibles. Pobres incautos. Posiblemente se haya perdido la capacidad de reacción pero jamás la misma intención. Su piel arrugada se tersa bajo mis manos, mi cuerpo se rejuvenece ante las suyas. Nuestros gemidos suelen ir acompañados de una tos e incluso algún tirón muscular, pero nada cambia el resto. Sigo esperándole con la misma ilusión que al casarnos, hace ya cuarenta y dos años. Toda una vida, llena de sensaciones, de esos dulces y amargos que la hacen interesante, de luchas encarnecidas por cosas insignificantes, de sonrisas cómplices y locuras a medio pensar. El tiempo pasa para todo el mundo, pero no todo el mundo sabe ir a su ritmo, y acaban cayendo en la depresión o el ridículo. Pobres jóvenes, aún no saben que la esencia de la vida se empieza a saborear cuando uno va avanzando, experiencia tras experiencia. El sol se está poniendo, y solo espero el calor del cuerpo desnudo que me abriga desde hace tanto, sabiendo que nuestras vidas tomaron verdadero sentido al encontrarse…

ANNA LAFONT
Seleccionada por Martín Molina García

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