Por Odalys Leyva Rosabal. Cuba
Testificaba Borges que el resultado de una novela como El Ingenioso Hidalgo
Don Quijote de la Mancha no logra ser idéntico en el siglo XVII, que en el siglo XXI.
Borges en su cuento Pierre Menard, autor del Quijote, ingenia a un escritor francés,
lector de Cervantes, que ambiciona escribir el Quijote, empleando iguales expresiones y
acciones. Y realmente no es el mismo significado. Cuando un escritor contemporáneo
toma fragmentos de Cervantes es diferente, se nos ofrecen muchas lecturas. Pero real
es que continua Cervantes haciendo historia en la pluma de los escritores posmodernos
que toman del Quijote su pedazo desafiante y lo estilizan y perpetúan como un mito.
Como una convicción de que en el futuro también seremos sus cómplices y nuestro
propio universo insiste en implicarnos en sus esencias, en la gracia de descifrar los
enigmas ocultos de las grandes obras, y en el legado que le hace al espíritu Miguel de
Cervantes y Saavedra, quien cada siglo nos dice que la esperanza y el amor propio son
la pesadilla de los infieles.
En Espacio sin fronteras Lourdes Tomas Fernández de Castro nos dice: “La frase
de Alborg, se explicó y confirmó a través de una serie de lecturas que emprendí
posteriormente. El primero de los textos en esa sucesión fue Pierre Menard, autor del
Quijote. En la primera lectura la apariencia ensayística de este relato, uno de los más
celebres de Borges, me pareció un recurso de verosimilitud capaz de embaucar a cualquier
lector. Ahora a muchos años de aquella primera lectura, me pregunto si el embauque no
consistirá en creer que “Pierre Menard” es un cuento, un embauque, en vez de un ensayo.”
Pierre Menard es, para mi, una parodia, un juego lúdico de intertextualidad, donde
Borges nos implica en su reflexión y nos hace transitar por la vía lujosa de un ensayo; de
un modo controvertido ha logrado hacer aflorar un sinnúmero de suplencias sobre este
texto que conquistó el propósito que el se había perfilado y es real: las grandes obras son
ambiguas, como dijera Juan Luis Alborg.
“Borges admite que la obra poética es también un hecho en un tiempo determinado: el
Quijote de Menard está escrito en un español arcaico y, por consiguiente, reprochable en
nuestro siglo”, apunta Lourdes Tomás Fernández de Castro. El Quijote aunque con
palabras retrógradas, mantiene vivo su espíritu y el provecho de lo ambiguo. Lo enigmático
es cómo Cervantes ha hecho reflexionar a más de un pensador, hizo revolcarse a Borges
en la Mancha y a Nietzsche lo hizo padecer de seguros insomnios y lo llevó a decir que él
estaba seguro de que Cervantes despreciaba a los hombres, sin excluirse a sí mismo. No
estoy de acuerdo, porque un escritor está en el deber de narrar las realidades, no de
escribir lo que los lectores románticos esperan, ni negar lo real de la sociedad en que se
vive: es un problema de intemporalidad; si al enfermo de la corte del duque le hacían
bromas desagradables de seguro que en aquella época sucesos como éste existían. Lo
más terrible para Nietzsche es que el Quijote toma conciencia al final de la novela y lo ve
como una crueldad de Cervantes, como una frialdad de corazón. Sin embargo las mudas
de carácter del escritor sí se atemperan en la novela. Sí logró estupendas aportaciones en
el plano humorístico y en cuanto al ideal derrotado o el ensueño debilitado y arrastrado en
otras partes de la novela como el choque rotundo contra los molinos de viento, no es más
que el modo que utilizó Cervantes quizá hasta de un modo ingenuo para hacer más creíble
la locura de su personaje y a la vez aportarle un poco de sus frustraciones personales y de
la soledad que tanto lo importunaba.
“El legado de la literatura al poeta no es de orden lingüístico o estilístico, el estilo, el
estilismo, el lenguaje caducan. La atención del escritor tradicional ha de dirigirse a lo
imperecedero: a la esencia a partir de la cual se informa la poesía, no a la superficie que
ocupa al filólogo o al historiador”. (L T F C)
Entre los griegos, a través de la paráfrasis de Aristóteles, la parodia residía coligada a
lo divertido y, con esa apariencia, circunscribía el escarnio de lo sobrehumano. A Homero
se le imputa el efímero hecho Batracomiomaquia, que describe la disputa entre ranas y
ratones, brinda la divergencia entre el modo enaltecido y la donosura del tema y escuda la
táctica propia de la leyenda: facilitar vocablos a los animales. Otra peripecia podría ser
alternar un argumento insigne y reescribirlo con un carácter popular, implantar referencias
más naturales y corrientes; efectuar, en complemento, la habilidad de la incoherencia. Ésta
es la materia del género jocoso, que se catequiza en el siglo XVII en Italia y en Francia con
disímiles obras que travisten la Eneida y al propio Virgilio.
En la última etapa del siglo XVIII emerge en Francia la locución pastiche, empleada
para la pintura. Esta técnica tiene que ver con el suceso de repetir y armonizar otros
talantes y se enchufa con la madurada adulteración de argumentos de otros, inclusive de
aquellos desairados por su irrisorio valor intelectual. La reescritura de un contexto,
enclavando permutaciones en el vocabulario, innovando deslizamientos alegóricos o
metonímicos, es el idéntico perfil de una parodia, ya que es notoria tradición de falsear
proverbios.
Sátira y parodia caminan abrazadas. El cuento de Jorge Luis Borges “Pierre Ménard,
autor del Quijote”, es una evidencia por lo irrazonable de que la reescritura de un
argumento, aun sin evoluciones, conjetura que el original no se revertirá a lo que era. La
parodia existiría, categórica, un perfil de la intertextualidad, el testimonio de que toda obra
literaria consigna (y refrenda) a otras obras. Y en este juicio el adiestramiento imitador no
es invariablemente afirmación de lo hilarante. Como prototipos de parodia, mixtura de lo
burlesco y lo sobrio, debo citar el Ulises de James Joyce, el Adán Buenosayres de
Leopoldo Marechal, la Antología apócrifa de Conrado Nalé Roxlo o Falsificaciones de
Marco Denevi.
“A una rara y compleja obra de Miguel de Unamuno, Cómo se hace una novela, le
debo haber caído en la trampa que me descubrió otros de los senderos que se entrecruzan
en “Pierre Menard…” No creo que una sola lectura consiga revelarle a nadie cómo se
hace una novela, posee una coherencia comparable a la de los rompecabezas borgianos.
En ella confluyen la autobiografía, la narrativa, la ensayística, la desesperación de
Unamuno en su destierro parisiense y su característica agresividad, para formar lo que al
principio parece una inextricable y delirante amalgama de géneros” (L T F C).
En lo prolongado de todo su engendro, Borges instituyó un orbe apócrifo, abstracto y
absolutamente intangible. Su misión, inexorable con el lector y de no viable perspicacia,
debido a los símbolos íntimos del autor, ha estimulado el enajenamiento de profusos
escritores y censores literarios de todo el universo. Figurando su producción literaria, el
mismo autor escribió: “No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre
de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de
confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura”. La obra intelectual de Borges se
fracciona en tres inclinaciones, el ensayo filosófico y literario, la poesía y el cuento, al que
posiblemente incumba, en sublime medida, su notoriedad. Sin embargo, no perpetuamente
es fruto factible distinguir unos géneros de otros; en determinados libros Borges concertó la
prosa con el verso.
“Dos temas comunes con el cuento de Borges me instaron al retroceso. Como
Menard, Unamuno también había rescrito (claro que no literalmente) una obra anterior: la
noveleta de Jugo de la raza insertada en Cómo se hace una novela constituía una
reescritura libre de La peau de chagrin de Balzac. Con Menard, con Borges, con Juan Luis
Alborg, Unamuno coincidía en que “la ambigüedad es una riqueza.” (L T F)
En los libros de Borges florecen ciertos argumentos y pábulos litigantes, todavía
actuales en sus cuentos, como los arquetipos, las confusiones, lo bestial, la divergencia —a
su reflexión víctima— entre el prestigioso designio de sus estirpe de guerreros y el casual
de ser él un hombre de letras, la apología de las armas y de las filosas espadas , el
entusiasmo por la literatura islandesa, la singularidad de la época y la compatibilidad
intrínseca, la obcecación, el fallecimiento y el sobresalto ante el significado de la
perpetuidad. En todo esto colijo una asociación placentera entre Borges y Cervantes:
ambos gustaban del acero, de las armas y hubieran querido ser héroes, hombres
distinguidos por la historia, defensores legítimos de la humanidad. Cervantes era un
hombre sin miedos, y fue capaz de ir a la lucha, perdió su brazo en la batalla de Lepanto y
recibió el sobrenombre singular de “El Manco de Lepanto”…
Al concluir el año 1938, Borges - luego de sufrir un dramático incidente al subir unas
escaleras- escribe un cuento que mudaría de corrientes la trayectoria de su producción
literaria, “Pierre Menard, autor de Quijote”, incluido en Ficciones (1944), una de sus
compilaciones de cuentos más substanciales. Desde ese momento, se engrandece su
manifiesta atención por la literatura fabulosa. En Ficciones se circunscriben varios de sus
cuentos más celebrados como “La biblioteca de Babel” y “El jardín de los senderos que se
bifurcan”. En 1944 se conoce Artificios, que incluye el célebre cuento “Funes el
memorioso”, cimentado por sus tristes noches de vigilia; y en 1949 aparece quizá su mejor
colección de relatos, El Aleph. De 1970 es El informe de Brodie, que incluye uno de sus
cuentos favoritos, “La intrusa”. Otro de sus magnánimos libros de cuentos es El libro de
arena (1975), que comienza con una narración propiamente borgiana, y el otro, es sobre
un Borges ya longevo, sedentario en los márgenes del río Charles, en Boston, lo cual
armoniza con su conveniente sentir juvenil. Ellos empiezan un diálogo, pero no se ponen de
acuerdo en sus resoluciones; y dice: “Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra
conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no
podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos”.
También es plausible remembranza su dinamismo como traductor, prologuista (los
prólogos de Borges son siempre piezas de alta literatura) y antólogo, así como sus trabajos
sobre cuentos policíacos.
Borges fue un insaciable rebuscador de ideas y asimiló con diligencia y hondura la
labor de un elevado grupo de ensayistas, prosistas, escritores y pensadores en general,
substancialmente los de lengua inglesa y los españoles del siglo de oro; entre los primeros
se encuentran Chesterton, Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling,
Thomas de Quincey, y entre los segundos, Francisco de Quevedo y Miguel de Cervantes,
(fundamentalmente el Quijote.) De este delicado horizonte desembolsó inspiraciones e
imágenes, renovó fragmentes ficticios filtrados por su cosmos poético. Ahora, el presente
literario visto desde mi percepción no es más que las categorías de Borgismo y
Cervantismo van resueltas a levantar la categoría del quijotismo, que es a la vez defender a
los que sufren por la explotación o por daños en la moral. Cual fuera la intención de Borges
al escribir su cuento que se antoja un ensayo deja claro que la novela El Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la Mancha, después de cuatrocientos años, era un insomnio, una
implicación incluso de los escritores actuales, y una flecha en el pecho de los poetas que
hacen sus odas para renovar su estirpe de luchador incansable y a la vez de hombre
imperfecto, porque si Cervantes puso parte de su corazón en el Quijote, de seguro que
lleva algo de su creador, un pedazo de sueño, un halo triste que buscaba el triunfo en lo
subjetivo porque la personalidad es la estructura, la unificación más enmarañada y
constante de informaciones y funciones psicológicas que se inmiscuyen en la ordenación y
autoordenación de la conducta en las etapas más notables de la subsistencia del sujeto. El
carácter diligente del sujeto tiene por tanto, heterogéneos horizontes de expresión según el
impulso de los exhortos de la personalidad. El hombre puede o no pronunciar su intención
al proceder. Cervantes tenía el contexto social hostigándole; existía relación entre su
subjetividad y la realidad social con la cual interactuaba. Hizo con su novela un
afrontamiento favorable de la realidad, de las incidencias de la vida: Llegó a hacer del
personaje una persona real; El Quijote era su proyecto, de ahí la flexibilidad para
conceptualizarlo. Elaboró sus disyuntivas y estrategias, pensó como se podría afectar su
personalidad y luego lo soltó y lo dejó hacer su vida; le dio cordel al personaje, vivencias,
conflictos y sucesos motivacionales; orientó su comportamiento hasta hacer que se
independizara. Las frustraciones de Cervantes, las imperfecciones se organizaron y le
dieron vida al Quijote; todo esto unido a sus valores notables como ser humano y sus
deseos de hacer el bien; y más que plantearse la idea de fustigar a España, quería una
sociedad diferente, no la decadencia del pueblo español.
Publicado en la revista Oriflama 16
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