Sorprendiéndonos la lluvia, en nuestro jardín, lejos del invierno
sentí, sin embargo, el frío del olvido.
Como pude lo atraje bajo mi brazo y temiendo la inclemencia del tiempo
sequé mis lágrimas para no preocuparlo.
El fin se acercaba después de una vida alegre, de una vida juntos,
no le conté nada porque el final no podía ser amargo,
no le dije nada y le besé en los labios,
lo miré y vi, entonces, que también él lloraba.
Publicado por MARÍA JOSÉ BERBEIRA RUBIO en su blog dondehabiteelolvido-airama -Casteldefell-
domingo, 13 de mayo de 2012
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