martes, 7 de mayo de 2013

TRES BLANCOS CLAVELES


Todos reian escuchando a aquel hombre
que tanto cuentos e historias hacía,
eran carcajadas que todos oían
y aquel hombre feliz se sentía
contando los cuentos de que todos reían
¡Que ría el mundo! ¡Viva la alegría!
Gritemos todos:"¡ Que viva la vida!"
gritaba aquel hombre que tanto reía.
Al caer la tarde el hombre marchaba
y nadie sabía donde él vivía.
Lento, muy despacio sus pasos marcaba
y allá a su espalda, la gente reía.
La vejez, de la mano su paso llevaba
y detrás sentía puras carcajadas
de toda esa gente que no conocía.
Al llegar al cuarto donde residía
tan solo una bolsa sacó del abrigo
poniendo en la mesa la cena del día.
había tristeza en aquellas paredes
de cantos angostos y rojos ladrillos,
y el hombre al sentarse a cenar en la mesa
se persignó ante una imagen de cristo.
En esas paredes dos cuadros habían:
uno que ostentaba la imagen de Dios
y otro una pareja, muy juntos los dos.
La foto del cuadro le traía recuerdos:
unos de triteza y otros de alegría;
y en frente del cuadro había tres claveles
que cada semana frescos le ponía,
tres claveles blanco, como ella quería.
El la contemplaba con ansía y ternura,
por su faz rugosa lágrimas corrían
y su llanto apagado sólo ella oía.
Todo era silencio, nadie se reía...
Junto con el sol él se levantaba
y antes de salir el cuadro besaba.
Llegando a la calle en que le conocían
todos le gritaban llenos de alegría:
"Cuéntanos, viejito, tus lindas historias,
aquellas picantes que hay en tu memoria."
En un cajón de madera nuestro viejo se sentaba
y sus cuentos les narraba a la gente de la acera.
Nuestro amigo era amistoso y saludaba a cualquiera,
aunque a nadie conocía ni sabía quiénes eran.
Llegó allí un día al azar y el ambiente le gustó
viendo que todos reían de los cuentos que contó.
Un día de esos cualquieras al barrio llegó el rumor
de que hallaron al señor sobre una tumba caído,
su cuerpo rígido y frío y en su mano sujetaba
un haz de claveles blancos que aquella tumba llevaba.
Su nombre nadie sabía y de la lápida el nombre
borrado apenas se veía.
El nombre de una mujer y una fecha ya pasada:
eso tan sólo quedaba donde murió el que reía.
Quienes fueron al entierro muchas fábulas hacían
e inventaron muchas cosas sobre los muertos aquellos.
Un cura despidió el duelo sin saber lo que decía,
llegó a su final el día y todo solo quedó.
Siendo ya de madrugada una pareja velada
cogida de mano pasó:
los dos iban conversando y en un banco se sentaron
juntos, muy juntos los dos.
Aquel hombre hablaba, hablaba, muchas historias hacía
y aquella mujer reía de los cuentos que contaba.
Juntos los dos se abrazaban en el lúgubre recinto;
ella reía, reía y en sus manos sostenía
tres lindos claveles blancos que él
cogió de la tumba vacía.

Lorenzo Martin -Nueva York-

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