-Cacho me tiene como una reina.- Le comenta la mujer a su mejor amiga, por teléfono, enrollando los dedos en el cable como lo hacía con el vello del hombre que tenía en su vida. Y mientras dice, recuerda las cenas preparadas con esmero por el esposo, la música, los brazos en su talle cuando la sorprendía leyendo, o distraída, o muda; el perfume que únicamente se siente en el mentón de los hombres (un olor a madera, como de gigante bosque atrapado en la piel), y el periódico ojeado con desgano; la taza con restos de té que ella lava con suavidad de loza y la bañera sucia de espuma que él se olvida de escurrir. Porque el amor es prolijidad; contacto de dos cuerpos que se cansan y arman de nuevo, otra prisa, cada mañana.
En cambio no recuerda las medias en el respaldo de la cama y el hombro a la altura del televisor que siempre le roba un cuarto de pantalla a las películas que a ella le gustan tanto, esas donde bailan siete hermanos con sus siete novias, ordenando una conquista pareja. Tampoco, los besos y la dulzura agriada cuando su hombre eructa cerveza y ella lo carga solícita, de la calle hasta el dormitorio que es el lugar propicio para callar cualquier aclaración inoportuna, y para lamentarse, sin arrepentirse, de la compañía de aquel extraño. Tampoco, la camisa manchada de labial, la billetera vacía y los orines que dicen “te quiero” en la violenta alfombra roja de la dicha.
No recuerda que al día siguiente el hombre está de vuelta allí, con su traje gris, sus zapatos espejando negrura, despidiéndose de ella con un beso que seca lágrimas, que es su manera de perdonarla por seguir con él a pesar de lo vulnerable que la volvió el egoísmo.
Cuelga el teléfono con una sonrisa coagulada en la boca. Y se arregla el pendiente. Otra vez, en la oreja que sostuvo el relato de su felicidad tan limpia.
MIGUEL ÁNGEL GAVILÁN (Santa Fe-Santa Fe-Argentina)
Publicado en la revista Gaceta Virtual 75
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