Está ahí, siempre ha estado ahí,
para que yo la vea, para que la sienta.
Va elevándose poco a poco
arrollando las más indefensas raíces
y de pronto se queda quieta,
como si alguien tirara de las riendas.
Se queda quieta y mira al cielo
donde una nube oculta el sol
que no la mira porque de ella
nada le inquieta, ni perturba
e incluso ni le interesa.
Vuelve la luz a remover las sombras
que me persiguen sin ser la mía
porque la mía la arrastró el viento
y la dejó besando el mar de donde escapó
una calurosa mañana de primavera.
Están ahí, siempre han estado ahí,
el viento y mi sombra, perdidos
en la oscuridad de un mar
que enjuga delicadamente el sudor
que perla su inexistente frente.
Pero el viento la acaricia,
la enfurece, la adormece,
la abandona a su suerte
yéndose con mi sombra
a perderse entre los árboles.
Del libro inédito El beso de la muerte de
JOSÉ LUIS RUBIO
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