Un día en el Museo del Prado bellos cuadros contemplé
de artistas de inmensa fama capaces de pintar sueños
con gran sorpresa admirando todo lo que imaginé
y a cada obra que veía yo me iba haciendo pequeño.
Bodegones y paisajes, personas al natural
y naturalezas muertas que parecían estar vivas
por el toque del artista que así las supo captar.
Parecía que las figuras de pronto te iban a hablar.
Fue un día maravilloso, ¡nunca lo podré olvidar!
Y seguí empequeñeciendo ante tanto arte genial
ya me intuía pequeñito comparando tal belleza
con mi tamaño, me veía, como una gota en el mar.
A la hora de salir fueron cerrando las puertas
y como era pequeñito nadie me vino a avisar,
pero no llegué a temer por situación tan incierta,
ya habría salido todo el mundo del museo, pero,
no me iba a quedar allí, ni para dormir la siesta.
Pues yo ya era diminuto y me armé de valentía
sin tener miedo al peligro yendo a cara descubierta
hacia el único lugar por el que pasar podía,
una ínfima rendija que había debajo de la puerta.
Antonio Jurado (España)
No hay comentarios:
Publicar un comentario