Menudeando, al reclamo de la megafonía, el público formó un pequeño círculo en torno al trapecio, instalado en el centro de la plaza. El acróbata, embutido en la malla bordada en lentejuelas, último vestigio del esplendor pasado, se concentraba junto a la maroma de ascenso. Tal vez había cerrado los ojos por no ver aquella burda parodia del, antaño, espectacular número que le hizo famoso en los más renombrados circos del mundo. Era poco el tiempo transcurrido desde entonces, un año apenas, sin embargo era tan grande su deterioro, tanto el pesar que le afligía, que apenas se le podía reconocer. Poco quedaba de aquel joven atlético, de músculos definidos, aquel que cada día retaba al vacío y se hacía pájaro junto a su compañera, la bella Irina. Unidos consiguieron ser los mejores. En aquella plaza de pueblo, sin ella, no era nada, tan sólo una caja de recuerdos. Una mueca de dolor le avejentaba el rostro.
Como más tarde me ocurrió a mí.
Fue en Montecarlo, durante el Festival de Circo, cuando ella dijo su adiós definitivo, tras un triple mortal sin red. Desde aquella, no hubo noche en la que él no la añorase en el trapecio ni en el lecho. Tan sólo en el alcohol encontraba un poco de consuelo, pero también en él halló el rechazo de cuantos
empresarios le contrataron, hasta verse reducido a su lamentable condición de artista callejero. No fueron pocas las veces que creyó ver a Irina, bajo los efectos de la embriaguez. Contaba que la veía más hermosa que nunca, irradiando luz, y que le llamaba con una voz muy dulce y las manos extendidas desde la distancia. Él se atormentaba al relatarlo, asegurando que nunca conseguía llegar a tiempo de asirle las manos y ella se perdía en el infinito, bajo su trapecio de estrellas. “Alguna vez he de lograrlo. Volveremos a sentirnos pájaros como antes. Nunca más separaré mis manos de las suyas.
Jamás regresaré. Me iré con ella, para siempre, al otro lado de la vida, a la ciudad de los acróbatas”. Esas fueron sus palabras aquella tarde, como tantas otras veces, sin que él pudiera sospechar la amargura que me producían.
Por fin salió de su ensimismamiento, abrió los ojos y subió al trapecio en aquella pequeña plaza. Titubeó en la altura. Todo mi cuerpo se contrajo. El público emitió un murmullo. Volvió a titubear. Un grito unánime creció desde el asfalto. Él ya volaba con los brazos desplegados al frente. Sólo al verlo sobre el
suelo pudo comprobar el público que era joven, mucho más de lo que habían pensado. Me acerqué a su cuerpo roto y descubrí que había fallecido con una sonrisa en los labios. El rictus de tristeza, que le acompañó durante los últimos meses, había desaparecido de su rostro. Tuve la certeza de que al fin
consiguió volar en paralelo con Irina sobre un trapecio luminoso. El cuerpo yaciente era tan sólo el lastre que soltó desde lo alto para poder hacerse tan ligero como ella. Me alejé del lugar con el secreto de mi amor por aquel hombre y me perdí por las calles, sombreadas por los primeros silencios de la noche.
Nunca más volví a trabajar en el circo, donde durante tanto tiempo fui su compañera, donde le amé en la distancia, siempre en silencio, con la única recompensa de su presencia. Han pasado muchos años desde entonces y aún sigue siendo noche para mí.
Juan Calderón Matador. España
Publicado en la revista Oriflama 21
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