Hace ya algunos días que recibí la impresión de la que voy a hablar. Esta impresión a que me refiero es la que recogí en el teatro de San Juan, la noche de la fiesta de graduación que celebraban los alumnos de la "High School".
El teatro estaba de bote en bote. Yo entré, a eso de las diez, acompañado de mis amigos Guerra, Pérez Pierret y Lloréns. Hablaba un jovencito de los de la escuela, pero no le dábamos, como es natural, ninguna importancia. Suponíamos que estaría soltando, sacada de su cabeza, o de la cabeza de algún docto señor, esas respetables tonterías que se dicen invariablemente en tales actos.
Alguien del grupo, sin embargo, echa de ver de pronto que el jovencito estaba tratando nada menos que de nuestro problema político. Y nos quedamos a escuchar... y no había transcurrido un segundo, cuando ya el jovencito nos había conquistado enteramente, y no sólo le oímos, sino que le aplaudimos tanbién frenéticamente, mezclando nuestros aplausos a la enorme ola de entusiasmo que estallaba a cada párrafo del jovencito.
Era que presenciábamos una cosa insólita, un acontecimiento nuevo, imprevisto, trascendental en su significación y en sus consecuencias. Era que veíamos cómo del fondo de nuestras escuelas, de que sólo debían salir canciones en inglés y sentimientos e ideas convenientemente recortados y ajustados a la norma de los intereses de nuestro gobierno, surgía tanbién, cálida y vibrante, la voz de la protesta, la voz de la indignación en que pone el temblor de su exasperación el alma de una raza que no quiere morir.
La voz del jovencito proseguía, y un silencio religioso y cariñoso acogía aquella amable voz de timbre juvenil, y a cada nuevo párrafo en que, como un sonoro latigazo, resonaba la palabra independencia, la sala, conmovida, se volvía un huracán.
Habían hablado los hombres políticos, habían hablado las asambleas de los partidos, había hablado la Cámara. Pero cada vez que cualquiera de estas entidades se manifestaba partidaria de la independencia, en los labios de los estadistas americanos se dibujaba una helada sonrisa de desdén. Y los Taft, y los Cannon y los Root, y los Roosevelt que nos visitaron, a cada insinuación regionalista respondían alargando el brazo y señalando a nuestros niños. De nuestros niños, educados en inglés, instruidos y disciplinados en los moldes de una ideología americanista, había de salir, pensaban ellos, el nuevo espíritu, el genuino espíritu americano.
Y estadista tras estadista, desde Taft hasta Bryant, todos acallaban nuestros clamores, mostrándonos, en actitud de sibilas, la silueta lejana de las escuelas, donde un hormiguero de almas infantiles, ávida y diariamente, aspiraba y se bebía y se tragaba por todos los poros la astuta lección del expansionismo americano disfrazado de redentorismo lincolniano.
Y he aquí que, de pronto, del seno mismo de esas escuelas misteriosas donde se incuba el porvenir, sale una voz clamando independencia, y no suave y melíflua como la de la mayoría de nuestros políticos, sino fuerte, áspera, estridente, como si en ella vibrasen de pronto todas las cóleras que acumuló el tiempo y sofocó el temor. ¿Hacia dónde señalar ahora el dedo de sibilas de nuestros tutores? Ya las escuelas han hablado, ya las escuelas nos han dejado absortos con el milagro de esa tropa de niños que, instruidos y disciplinados (en inglés) para un porvenir sólidamente americano, salen súbitamente del vientre de la colosal incubadora de egoístas ideales, y, en lugar de volverse unos Smith, o unos Panzas teñidos de Smith, se tornan, a la vista de todo el mundo, sin timideces ni reservas, gallardamente iberos, y como iberos, desdeñosos del grosero atracón de viles viandas, sueño grotesco de todo innoble Panza, y ávidos de ofrecerse, en los caminos y veredas de la vida, al soplo de quimera de toda noble y hermosa aventura.
Decididamente son inteligentes como diablos nuestros niños, y hay que cambiarles las incubadoras. No es lo mismo incubar huevos de pavo que huevos de cóndores.
Publicado en el blog nemesiorcanales
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