Toma un taxi.
—Al Registro Civil —indica con una voz que no reconoce como propia desde el último lunes a la noche.
Poco tránsito en la calle o así le parece. El conductor protesta contra las autoridades municipales y ella, por esas reglas de cortesía que su madre le inculcó de niña, se obliga a mantener una conversación. Puede hacerlo porque hoy ya es jueves, y es de día.
Ingresa al Registro y observa, cree observar, que hay una sola persona: el empleado tras el mostrador. No se percata del aire denso que la rodea, propio de los lugares cerrados con mucha gente, ni del ruido que esa gente provoca.
—¿Cuántas necesita?
—Tres —responde. No sabe cuántas Partidas de Defunción necesita pero el empleado exige un número. El dolor en las piernas indica que esperó largo tiempo de pie antes de que este hombre la atendiese, pero ella no efectúa ese análisis.
Fuera, en la vereda, sujeta con la mano izquierda un papel pequeño donde se señala que tiene derecho a volver dentro de siete días, entonces le entregarán una Partida original más dos copias autenticadas. No se le ocurre que lo más lógico y prudente sería guardar el papel dentro de la cartera pero entiende, eso sí, que debe volver a su casa. Mira la avenida, siempre colapsada de vehículos, no ve a nadie.
Razona que si vuelve al amplio edificio del que acaba de salir encontrará que el empleado ha desaparecido, que está sola en un mundo vacío de vida.
No se sorprende.
PATRICIA NASELLO
Publicado en el blog patricianasello547
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Hace 2 días
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