No le hizo falta terminar de leer el informe para darse cuenta de que su vida pendía de un hilo. El papel se le escurrió de las manos, como pájaro de mal agüero que huye tras haber cumplido la ingrata misión para la que fue enviado.
Dos lágrimas, precursoras de un incontrolable llanto, comenzaron a rodar por sus mejillas. Estaba asustada. Con el alma en vilo, como fruta madura a punto de estrellarse contra el suelo.
MARÍA JOSÉ ABÍA
Publicado en el blog tampocotengoprisa
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Hace 9 horas
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