domingo, 8 de septiembre de 2013

SU NOMBRE

No estoy seguro. Creo que fue otra candente mañana de febrero. Igual que aquella en la que, según
Borges, murió Beatriz Viterbo.
Debo contar mi vida con esa mujer cuyo nombre no pude retener. Confundo los nombres. Carlota era la receptora de las cartas de Werther. No se llamaba así. Tampoco Cordelia, la doliente hija de Lear. Ni
Ofelia, ni Beatrice. Tampoco Margarita. Da lo mismo, ya que todas son hijas de temporalidad perpetua.
También tal vez mezcle sus conflictos. Los temas humanos se repiten por siglos. Hay un deseo secreto de volver a contarlos para sustraerse del devenir implacable.
La vi venir, la primera vez, con sus pies descalzos caminando sobre la arena; diría danzando. Se detuvo
a dos pasos de mi silla. Me miró a los ojos. Mi rostro se reflejó en los suyos, espejos de azabache, profundos. Guardaban aún los últimos destellos de la luz del sol, que, en el horizonte, se iban hundiendo
lentamente en el mar. Permanecí un buen rato en adoración. ¿Cuánto tiempo? Minutos olvidados de
un reloj con agujas de eternidad. Siguió su camino hasta que se hundió en el horizonte opuesto. Mi
obstinado insomnio se llenó con su recuerdo.
Volvió y la frecuenté. .¿Dónde andaba? En qué oscuro paraje de su infancia se había extraviado. Pertinaz.
Un recuerdo que hubiera preferido olvidar marcaba su vida con una señal imborrable.
Para mi placer, hasta aquel día, no perturbaba para nada mi aventura equinoccial. Mi jactancia prescindía de esa opacidad de espejo empañado que cubría su mente. Mi vanidad me indicaba que debía
deshacer el hechizo. Devolverla a la vida. Su ancestro animal enmascaraba, en el goce, esas imágenes
del pasado que, por un desconocido misterio, desaparecían por minutos. Emergía la elipsis mi figura predilecta y yo la recorría en todo su trayecto.
Me enamoré de ella. Ella de mí. Nos juramos perpetuidad.
Esa noción no existe en la vida terrenal.
Conocimos una choza abandonada cerca del mar.
Noches y días escuchando sólo el murmullo de las olas. Una noche o un día, partió. No lo sé. Las noches y los días no se relevaban puntualmente, Se levantó y partió. Con sus pies danzando. Ahora era
hasta la infinitud. Entonces comprendí su sentido.
No era, como antes, que desaparecía y nuevamente aparecía a mi lado en esa cama con historia. Varias
veces lo había obrado. Ausente y luego presente y nuevamente ausente. Una y otra vez.
Me había quedado en esa penumbrosa choza, solo, con el brillo de esos ojos que aquel día detuvo
mi aliento.
Comprendí que había partido para morir. Ella lo sabía desde el mismo momento que, a dos pasos
de mí, simulando vida, llegó y caminó danzando en la punta de sus pies descalzos. Daniela conocía su
destino. Desde niña intimaba con ese tránsito. Sí, ahora recuerdo su nombre. Ahora que por última vez se levantó y partió.

Alberto Fernández -Argentina-
Publicado en la revista Estrellas Poéticas 53

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