Eran hombres de campo. Jamás salían de su pueblo, y casi apenas de su casa. Solo lo hacían cuando era necesario hacer algunas compras imprescindibles, y para trabajar la tierra que habían heredado.
No se habían casado, a las mujeres del lugar jamás se les hubiera ocurrido comprometerse con alguno de los hermanos. Ellos solo vivían para el trabajo y la casa, que no abandonaban para nada.
Todo marchaba tranquilamente entre ellos, hasta que un día Manuel regresó del campo, invadido de una euforia desconocida en él. Traía entre sus manos una pequeña planta que según él, era un retoño de la que su madre había plantado en el jardín antes de morir. Hasta ahí todo siguió igual. La misma rutina de todos los días.
Pero sucedió que una mañana, cuando se levantaron y fueron a salir para ir a sus labores, no fue posible hacerlo. La puerta estaba sellada por la planta que había crecido tanto, que llegaba hasta el techo
cubriéndolo todo. Cuando se volvieron para tratar de salir por la puerta del fondo, tampoco pudieron hacerlo. Esta también estaba sellada por las ramas que, como tentáculos de pulpo, habían rodeado la casa, invadiendo también el interior de todas las habitaciones.
No se supo más de los hermanos Cuesta, ya que cuando alguien intentaba entrar en la casa, desaparecía misteriosamente. Hoy nadie se acerca allí, pero desde la carretera, la gente no puede evitar dirigir la mirada con cierto temor y respeto, hacia la impresionante y enigmática casa verde.
María Manuela Septién Alfonso -Cuba-España-
Publicado en la revista Oriflama 22
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