domingo, 10 de septiembre de 2017

GUACAMAYO


Ahora que llegó la primavera mi guacamayo pareciese que revivió. Se nota más alegre, quizás es solo mi imaginación, yo en verdad no sé como se alegran ellos, pero creo entenderlo, en el invierno lo miraba desde mi ventana y estaba entumido de frío, para qué decir cuando llovía, a veces hablaba con él por si me entendía y perdonaba:
—Guacamayo, yo no te saqué de tu tierra para traerte hasta acá.
Así le decía, pero él no me escuchaba. Bueno, le encuentro razón de que esté triste, el cambio fue muy brusco, de las selvas de Venezuela a este clima frío no se lo doy a nadie. A pesar que lo puse bajo la sombra de una mata de damasco imperial, los duraznos y los almendros florecidos no lograban animarlo, ni tampoco los zorzales, gorriones, tórtolas que en esta época visitan nuestro jardín nada lograban. Mi hermana fue de la ocurrencia de traerlo, lo llevaba de casa en casa en las que ella vivía, ahí creo que tomó esa actitud de desolación, al final me lo traje yo, ayer fui donde él y le dije:
—Guacamayo, prometo que algún día te llevaré de vuelta a tu selva, allá cerca del “Churúm Merú”, y te dejaré libre.
Mañana iré a comprar la pintura verde y roja para terminar de pintar sus alas y así estaremos preparados para el viaje. La goma del viejo neumático del que está hecho, hace que se descascare la pintura y se vea tan desaliñado.

Jorge Gallardo Péfaur -Chile-
Publicado en Suplemento de Realidades y ficciones 73

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