sábado, 9 de septiembre de 2017

COPO DE NIEVE


El río bajaba serpenteando por las laderas de los cerros, en un verdadero carnaval de sonidos, hasta llegar al valle que generosamente recibía sus aguas, y que permitían que los lugareños pudieran desarrollar sus faenas agrícolas. Distintos caseríos se podían encontrar a lo largo del valle, todos ellos unidos por un frágil y angosto camino de tierra, el cual concedía a los campesinos sacar sus productos hacia la ciudad, las plantaciones de paltos, papas, frutales y hortalizas era su mayor fuente de ingresos.
Ese día Pedro se levantó como siempre al clarear el día, tenía harto de qué preocuparse, estaba un poco inquieto por su plantación de papas. Esta estaba mostrando rastros de tener una plaga, e igual los pimentones. Había encontrado marchitas algunas matas recién plantadas y con la característica mancha negra a ras de tierra, signo inequívoco de que algo andaba mal.
Caminaba hacia sus plantaciones absorto en estos problemas, cuando su vista se fijó en una mancha blanca que se movía al costado del camino. En un primer momento pensó que era un conejo, los cuales abundaban en esa zona y que él de vez en cuando salía a cazar, pero no, era un pequeño perro absolutamente blanco, muy a mal traer, flaco y esmirriado, con signos evidentes de no haber comido en mucho tiempo.
A pesar que él tenía sus perros, de inmediato lo adoptó y le dio de la comida que llevaba. El perro lo siguió hasta el potrero donde él iba a desmalezar y se quedó echado cerca hasta la tarde cuando él volvió a su casa. Tenía que pensar un nombre para su nuevo compañero y decidió ponerle Copo de Nieve, por lo blanco, igual al blanco que apreciaba cada vez que miraba hacia las montañas, que a la lejanía divisaba y en las cuales podía ver, sobre todo en las puestas de sol y al amanecer en las altas cumbres cubiertas de nieve.
Pedro y Copo de Nieve hicieron una buena pareja. Se acompañaban mutuamente durante el día y al regresar a casa en las tardes el perro se echaba cerca del fogón que permitía calentar el rancho, cuando se dejaba caer el frío de la noche. Los dos se complementaban muy bien, hasta el día que sucedió lo inesperado, lo cual Pedro hasta el día de hoy no se conforma que pasara. Recién levantado y a punto de irse al potrero, por algo que ni siquiera recuerda, la emprendió a palos con Copo de Nieve. Quizás el perro se comió una gallina o rompió a mordiscos un apero de la montura, lo cierto que Copo de Nieve salió arrancando por el camino, aguas arriba, hacia el pueblo de Buena Esperanza, un caserío como había muchos en el valle.
Pasó algún tiempo y Pedro tenía la secreta esperanza que Copo de Nieve volviera, pero con el pasar de los días se fue olvidando de él, a veces lo recordaba, pero muy de cuando en vez al regresar en la tarde a su rancho después de su faena.
Un día Pedro al levantarse, cuando recién el sol intentaba asomarse sobre las montañas, escuchó el canto de un canario, ave casi desconocida en la zona. Un gorjeo fuerte y claro que bajaba hacia el valle de la dirección de Buena Esperanza. El viento que en la madrugada bajaba desde los cerros hacía ese canto mucho más diáfano e inundaba literalmente todo el valle. Los lugareños estaban extrañados, todos los días al salir el sol se escuchaba al canario cantar.
Hasta el día que Pedro escuchó de unos caminantes que iban a Buena Esperanza, una historia increíble, la de un perro que cantaba como canario en el paltal que había en la entrada del caserío de Buena Esperanza. La curiosidad hizo que al día siguiente antes que aclarara, mucho antes, tomara huella y se dirigiera a saber de qué se trataba. Llegó a su destino cuando el sol daba sus primeros rayos sobre el valle, y entonces vio a Copo de Nieve subido en la rama de un palto cantando y con un gorjeo interminable. Quedó estupefacto de lo que vio y escuchó. Se enteró que el pueblo estaba revolucionado por tal acontecimiento, llegaban muchos visitantes afuerinos a escuchar a Copo de Nieve. Se formó en el pueblo una comisión para atenderlo, le hicieron traer paja de trigo, para hacerle una cama, le ponían agua a destajo, igual la comida. El delegado de gobierno logró que el alcalde de la comuna hiciera pavimentar la calle del pueblo, se empezaron a instalar diversos negocios, para atender a los peregrinos. Los habitantes del caserío —muchos de ellos— hicieron ampliaciones a sus ranchos para dar alojamiento a los visitantes que no podían el mismo día regresar a sus casas.
Pedro no volvió a Buena Esperanza. Solo esa vez, siguió con sus plantaciones y sus cosecha de hortalizas, pero ya su vida nunca más fue igual. No paso día que al amanecer no escuchara a Copo de Nieve y maldijera el aciago día en que tomó el palo de coligüe y lo castigó en forma inmisericorde.

Jorge Gallardo Péfaur -Chile-
Publicado en Suplemento de Realidades y ficciones 73

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