miércoles, 7 de mayo de 2014

SURREALISMO


Siendo aún joven el siglo
la imagen de las garitas y los guardianes era melancólica,
hombres jóvenes y solos pensaban en la mujer amada
noches largas en poder de los búhos y los murciélagos,
cuando las banderas no se distinguen bien,
los rostros se borran
y todos los gatos son pardos.

Por esas garitas paseaba André Breton fumando una pipa
que era una pipa de Magritte,
y extendía actas de defunción
a los cadáveres exquisitos que encontraba
caídos en largas noches de parranda
con sus contlapaches de batalla
de cuyos nombres no quiero acordarme.
Un amigo suyo colgaba excusados
en las galerías
y la gente se orinaba en el arte
porque la asociación automática,
porque la urdimbre de los sueños,
porque Nadja desnuda
tras los velos que cuelgan del aire.
Reclinado como una gárgola
el comandante Breton repartía órdenes
que nadie obedecía.
Unos se fueron a las guerras,
y en alguna murieron.
A los demás los expulsó blandiendo
una espada de cristal que se le rompió un día
y quedó solo y aburrido,
en la garita de los guardias,
fumando la pipa que era una pipa de Magritte.
Inmune al teatro de la crueldad
y luego al del absurdo,
deshojó docenas de margaritas
y sobre un lecho de pétalos
hundió su peso en una vía láctea de recuerdos.
Heredó a las hijas del mundo el deseo
de ser amadas locamente.
Ardió en fiebre con el sol de la certidumbre
en el estómago.

Después se apagó
como los buenos sargentos.

Hermann Bellinghausen -México-
Publicado en Periódico de Poesía 67

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