No puedo describirlo como una
caída. Fue
quedar abandonados
en mullidos canapés
junto al fuego de
múltiples usos
mientras seguíamos el vestigio
de un enjambre de zánganos.
Aceptamos los platos
asombrosos
que otros rechazaron. Las migas
nos interrogan.
Se deslizó por las paredes de la casa
un túnica drapeada y sucia. Hemos instituido nuestro dolmen. La inmovilidad
se rompe
con una apresurada
caminata por el pasillo estrecho
hasta la ventana por la que vemos
como los demás
corren.
MARCELO JUAN VALENTI
Publicado en la revista Ágora 4
No hay comentarios:
Publicar un comentario