domingo, 8 de septiembre de 2013

ÁGUILAS BLANCAS

Águilas Blancas, la centenaria estructura emplazada en la sierra finalmente pasó a manos de Wanda.
Orgullosa de su adquisición, la millonaria anunció en un té de señoras que celebraría su cumpleaños en el pabellón de caza. −Es una ruina…ni siquiera tiene electricidad − le advirtieron. − Ya conectarán− aseguró ella, convencida de que sólo una gran fiesta podría limpiarle las energías estancadas. Sin embargo, la conexión eléctrica no se concretó y la mujer propuso que cada invitado trajera una vela. Como todo debía ser blanco y suntuoso, en las galerías se vistieron mesas ataviadas con centros florales y velas de ese color. En las carcomidas paredes del gigantesco hall colgaron guirnaldas de flores y se dispusieron mesas con candelabros. Desde la ruta, hileras de linternas marcaban el camino
de acceso a los invitados que por orden de la señora debían pertenecer a todo estrato social. Vela en mano, la gente se aglomeraba ante la entrada al hall y una vez adentro, hechizada por el chisporroteo constante y el perfume de cientos de candelas, apreciaba, atónita, el incongruente interior del caserón. A la medianoche, vestida de blanco y con la cabellera adornada de flores, Wanda hacía su entrada triunfal. ¡Parece un ángel!, exclamaban los presentes. La orquesta engarzó unos compases. Un desconocido con sombrero negro de ala ancha avanzó para tomarla de la cintura y bailar el anacrónico vals. Otras parejas se les unieron en turbulento frenesí hasta que por los tragaluces del techo irrumpieron insólitos rayos de luz que iluminaron todo el recinto. La música desistió. Los asistentes,
pasmados, se vieron rodeados por espectros, zombis y otros seres extraños que los sobrepasaban en número.
−¡Los demonios están aquí! – gritaron unos pocos huyendo a la sierra abierta desde donde alcanzaban a oír los discordantes sonidos de la orquesta.
Horrorizados, contemplaron cómo el pabellón se consumía en llamas y las huestes diabólicas se elevaban hacia la bóveda estrellada arrastrando consigo a cientos de almas. Entre ellas distinguieron la cabellera rubia y el vestido blanco de Wanda, la señora americana.

Violeta Balián (Argentina)
Publicado en la revista digital Minatura 124

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