SONETO DE LA BUENA MUERTE
XV
En el patio, detrás de la alta cerca
que se viste de hiedras y de espinas,
la Muerte con sus garras asesinas
y sus dedos de púas, se me acerca.
Sacude las paredes de mi alberca
y envenena mis aguas cristalinas
con su pus y su tos y sus neblinas;
persistente, atorrante, sucia, terca…
Por eso siempre lo repito: en cuanto
pueda, a sus intentos me adelanto:
no puedo permitir que Ella: la Muerte,
me remate en su predio a sangre fría…
Nadie puede ordenar la muerte mía;
¡con mi sangre: ni el Diablo se divierte!
Francisco Henríquez. Cuba-EE.UU
Publicado por la revista Oriflama nº 19
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