sábado, 10 de diciembre de 2011

ARTÍCULO

LA NAVIDAD, CANTO DE VIDA
Por Juan CERVERA SANCHIS -Mexico-

La Navidad conmemora el nacimiento de Jesús, el Niño-Dios.
Navidad es igual a nacimiento y, todo nacimiento, es un milagro
en sí mismo, porque la vida es el más extraordinario y maravilloso
de los milagros que existen en el gran milagro de la Creación.
El milagro de la vida, tan real, es a su vez una invitación al
milagro del canto.
Es por ello que la Navidad ha inspirada a músicos y poetas.
En su torno y entorno han surgido incontables poemas y
canciones.
Se afirma que el primer cantor de la Navidad fue el Papa
Telésforo.
En el segundo siglo de la era cristiana dicho Papa compuso
el más antiguo canto de Navidad de que se tiene memoria.
Desde entonces no ha cesado la cristiandad, año con año,
De crear nuevos cantos navideños, que se unen a los
tradicionales ya existentes, y que están en la memoria
de todos, para celebrar la llegada del Niño-Dios.
En España, que es quien trae los primeros cantos navideños
al Nuevo Mundo, esos cantos se hicieron villancicos en el
siglo VIII.
Desde entonces, Navidad tras Navidad, la gente de habla
castellana en todo el orbe no cesa de elevar su voz, en fecha
tan memorable, para celebrar lo acontecido hace ya más
de dos mil años en el Portal de Belén, musicalmente.
Ello, como si acabara suceder cada mes de diciembre, los
cristianos recuerdan el nacimiento de Jesús de Nazaret y,
por ende, a su santísima madre, la Virgen María, la humana
y purísima madre de Dios hecho carne y hombre. Milagro
de milagros.

La Navidad es pues cuento y cántico. Es por ello que sin
villancicos y posadas la Navidad no sería propiamente la
Navidad tal como se siente y se vive.
Los cristiano todos en los templos y en sus hogares siguen
cantando:

“Esta noche es Nochebuena,/ noche de felicidad./ Esta
noche es Nochebuena/ y mañana es Navidad.”

Viejas e ingenuas canciones cargadas de simbolismo poético.
Canciones con un sabor y una atmósfera que nos conmueven
y penetran de secreta y mágica luz las almas.
Algo tienen en su raíz y en su música estas cancioncillas, que
son estremecidos cánticos, que nos llegan directamente al
corazón.

La dulzura y la poesía que emanaban son realmente únicas:

“Soy un pobre pastorcillo/ que camina hacia Belén,/ voy
buscando al que ha nacido/ Dios, con nosotros Manuel.”

Cantar de cantares de un matrimonio desamparado en que
una joven mujer embarazada ha caminado bajo el rigor
de la noche y del frío por los más ásperos caminos hasta
hasta encontrar un pesebre para poder parir, en mitad de
los animales, a su sagrado hijo.
La pobreza y el desamparo se subliman de tal manera que
derivan en Dios y divinizan la dureza del largo caminar
transformándolo en bella, suave y suma poesía naciente.

Los cantos de Navidad testimonian este milagro, tienen
en el fondo y en la forma el poder de transmutar las fatigas
y los temores en aladísima y confiada alegría:

“Es porque cantan la noche feliz,/ y es porque cantan la
noche sin par, / en que Dios niño ha nacido/ y en el mundo
ha de reinar.”

El Dios hecho niño es el inspirador de todos y cada uno de
estos cantos de Navidad.
¿Hay algo más impresionante y sorprendente que un niño
en la totalidad conocida y desconocida de la Creación?
Yo pienso que no. El niño en sí es la viva señal de que la
vida continúa, de que el Creador mantiene en alto y muy
firme su fe en la criatura humana.
Espantoso sería lo contrario, que el Creador dejara de creer
en nosotros y un día todas las mujeres de la tierra se volvieran
estériles y ya nunca más nacieran niños.

El que Dios decidiera venir a este mundo como un niño es
la más bella señal de su fe en nuestra conflictiva especie.
Es así que junto con la aparente y cándida milagrería que
se percibe en los cánticos de navidad, percibimos un profundo
mensaje que va mucho más allá de su aparente simplicidad.

En los cantos de Navidad se habla de inocentes pastorcillos,
de una madre con su niño en los brazos, de un lecho de paja
y también de los tres Reyes Magos.
Hay magia en todo ello, una magia que trasciende y nos
trasciende con el rorró y la nanita, y es que son cantos en
olor y loor de cuna y, la cuna, por sí misma es un símbolo
cósmico.

Sí, una secreta corriente cósmica circula por estos cantos
llanos y llenos de diáfana simplicidad, que logra elevarnos
e impregnarnos del misterio poético en ellos presente y
emanadores de una paz inefable.

Es así que resulta un disfrute pedir posada y darla, sobre
todo darla, porque al dar nos aproximamos al Creador,
al Dador de la Vida, del hablaban con trascendental devoción
los meshicas.

Noche de dar es la Nochebuena. Y sus cánticos son una
manera de darse.
Se da el cantor y el canto. Noche de recibir, en mitad
de esa inmensidad implícita en el misterio de la nacencia,
motivo inspirador de los cantos navideños, es porque sí
y en sí la Nochebuena.
Noche, en suma de sumas, para amar y ser amado y
reafirmarse en el pacto amantemente enamorado con el
Señor de la Creación.

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