Amplias avenidas solitarias almenadas por edificios similares que acogen vidas en apariencia inexistentes. Ventanas cerradas a cal y canto donde cuelgan monstruosos aparatos de aire acondicionado. Aceras espaciosas para escasos paseantes (acaso un jubilado, un sudoroso sujeto haciendo footing o en bicicleta, algún curioso nostálgico como yo) y para un número exiguo de comercios repetitivos y faltos de espontaneidad. Silencio sepulcral quebrado tan sólo por el cambio de color en el semáforo y el paso de la docena de autos hacia su alocada meta. No, directamente, no son los barrios lo que hace años eran. En el centro de la ciudad aquellos barrios populares hoy son sede de acaudalados ciudadanos o pasto de la especulación más lasciva dando una pincelada de vacío y artificialidad que cruje en las aristas plastificadas de sus centenarias construcciones. En los extrarradios, vastas microciudades sarcófago donde todo se vive de puertas hacia adentro. La calle ha perdido su idiosincrasia de la misma forma que todos tenemos una comunicación global, absoluta, intensa con miles y miles de amigos virtuales y, sin embargo, por las aceras, una vez puesto el pie fuera de nuestra casa-madriguera, estamos más solos que nunca. Tecleamos el calor humano, el hálito del tú a tú, frente a una pálida pantalla creyéndonos vislumbrar un rostro, pero en cualquier sobresalto técnico nos damos de bruces con una cara desfigurada, pixelada en pequeños cuadritos sin apariencia humana. Los tonos de voz son similares, el golpe de una pulsación más o menos hábil, y las miradas son las fotografías de nuestro mejor perfil. Desde la ventana se ve la calle pero en esta nos sentimos despiadadamente solos y frágiles, entonces corremos a refugiarnos en nuestro piso, desde el ascensor del aparcamiento, sin necesidad de pasar por el portal, y de nuevo nos confinamos a vivir el barrio sin olerlo ni tocarlo, en individualidades solitarias y asustadizas.
A los desempleados, incluso a los escritores aficionados, como lo soy yo, que poseemos un tiempo que antes carecíamos para dedicarlo a lo que auténticamente nos gusta, nos sobran horas en el día. Creemos, cuando somos piezas activas, que manejar el tiempo a placer, así como cuando estamos de vacaciones, nos dará la plena satisfacción al realizar todos los proyectos aparcados. Sin embargo no suele ser así, creo que principalmente porque no estamos acostumbrados y la abundancia nos termina por abrumar. Indudable que también coacciona la merma de recursos económicos, el sopesar el futuro como una amenaza, pero creo, desde mi sobada experiencia, que menos, aunque parezca frivolidad.
En resumidas cuentas, es que hoy me ha dado por caminar hacia el límite sur de Kavaranchel, allá donde la neblina fronteriza es menos dura de atravesar que por la zona norte. He paseado por esas calles desérticas que he mencionado al principio dentro de este reducto moderno con que los urbanistas competentes de la gran urbe decidieron festonear el barrio antes de que terminase fundido con el primer pueblo del sur más cercano al casco de la capital.
Mi aburrimiento por esas avenidas despobladas habría sido supino, inaguantable para el cascarrabias que me estoy haciendo, de no ser por un encuentro fortuito. El menor de mis hijos tomaba el sol primaveral sentado sobre un coche aparcado tecleando vertiginosamente en su móvil. Me debió ver antes de que llegara a su lado pues se puso de espaldas a la acera así cómo si le diera la espalda al mundo.
- ¿Qué santo es hoy para que no estés en clase?
Le pregunté a sus espaldas.
Su tez morena no pudo ocultar su rubor, aunque por una rendija de resuello me contestó con mediana convicción.
- Hay...... hay huelga de profesores.
Típico. Y siguió dándole al móvil.
- No sé, como te veo aquí solo sin los que como tú tienen el día libre.
Le dije, contemplando su obcecación.
- Y estamos todos juntos por el whatsapp. Tú no lo entiendes.
Luego, después de un rato que me distraje a su lado leyendo el libro de turno, regresamos a casa juntos. Le relaté por el camino que hacía años aquellas avenidas eran campos por los que había ido en bicicleta con su tía, mi hermana, recién llegados a ese barrio. Nos parecía que pedaleábamos en un extremo del mundo y que la vida por esos caminos polvorientos olía y sabía de manera distinta; recordé que nuestra meta llegaba a una casita en medio del campo en la que unos perros nos ladraban a través de la distancia. "Todo era real y cojonudamente atrevido, aventurado".
- Pareces un libro de "Los cinco".
Me dijo, recuperando su teléfono.
- Puede que sí, -terminé diciendo- charlas del abuelo Cebolleta.
- ¿De quién?
Ya no le contesté: estaba pidiendo mis dos barras a Gloria, la panadera.
MANUEL JESÚS GONZÁLEZ CARRASCO -Madrid-
Publicado en el periòdico Pontevedra Viva
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