Bajo sus párpados, nacía el viento,
el sol era una lágrima de arena;
un alma y dos pupilas de azucena
lloraba en los cristales de un aliento.
Un corazón de hojas, la presiento,
quejándose en los árboles de pena;
una estrella del cielo, en luna llena,
eclipsando de amor mi pensamiento.
Su talle y delgadez: un tallo y flores,
y la envidia de toda primavera;
la colmena de todos los colores.
La perdí, sin perderme en sus caderas,
que el amor, como todos los dolores:
lo cura el tiempo o mata en una espera.
Antonio Ramos Olmo -ESPAÑA-
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