La espera había llegado a su fin. Como describía el proceso, alejé mi cuerpo de carnes rojas y líquidos
destilados, y purifiqué mi espíritu con oraciones que ascendían con la salida del sol para encaminarme en mi regreso hacia Saturno. Hice todo de acuerdo a las reglas. Deposité el plomo en el alambique, con cuidado para que no rozara las esquinas, y esperé. Poco a poco pasó a ser el metal más noble. En el fondo aparecieron pepitas de oro y sentí tranquilidad al ver cumplirse con éxito el intercambio. Esperé alguna
señal, algún efecto inmediato en mí, pero estaba consciente de que mi Oro Interior tomaría mas tiempo para
manifestarse. Tarde descubrí que, con la transmutación, ocurrió algo más que la panacea. Nos encontramos frente al espejo. En los primeros minutos, reaccionó igual que yo, pero erró uno de mis movimientos al rascarse la cabeza con la mano izquierda. Entregué plomo y recibí oro a cambio, pero también fue entregado mi contrario.
Saltó a esta dimensión y siguió cumpliendo mis aspiraciones sumido en las ansias de poder y egoísmo que yo
había dejado atrás. Hizo que alcanzara el máximo grado de nobleza y, desde este armazón de oro, veo cada uno de sus intentos para obtener la vida eterna.
Raisa Pimentel (República Dominicana)
Publicado en la revista digital Minatura 125
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