Los cánticos de guerra de los querubines y el toque de trompetas de los serafines se veían ahogados por agónicos gritos de dolor, el entrechocar de los aceros, y la infinidad de blasfemias que la legión demoníaca vomitaba a su paso. Los ángeles y los demonios nos despedazábamos los unos a los otros sin mostrar ningún tipo de compasión ni piedad, enfrascados en una verdadera carnicería que, desde
hace eones, venía enfrentando a ambos bandos en una lucha a muerte que tenía lugar desde que el mundo es mundo, pero que ahora había alcanzado su punto álgido. Sobrevuelo el campo de batalla atestado de cadáveres deshaciéndome de cuanto enemigo se cruza en mi camino, mientras a lo lejos
veo como Uriel, mi hermano arcángel, se defiende con todas fuerzas de las acometidas del infame duque Astaroth, una auténtica máquina de matar de apetito insaciable cuya lanza había segado ya las vidas de muchos de los nuestros. Desconozco el paradero del resto de mi escuadrón (o mejor dicho,
de los que aún quedaran en condiciones de seguir combatiendo), pero tampoco puedo permitirme el lujo de preocuparme por ninguno de ellos, dadas las circunstancias. Bastante consigo al mantenerme en pie, a pesar de los cortes y heridas que cubren mi cuerpo. Una voz pronuncia de repente mi nombre a mis espaldas. Es una voz que conozco demasiado bien, y tanto es así que un escalofrío me recorre el
espinazo con solo oírla. Me giro en redondo y lo veo, resplandeciendo con toda la belleza y la majestuosidad que desde siempre le caracterizaron, una perfección que me resulta repulsiva.
“Tu mera existencia es una abominación”, son las únicas palabras que emergen de mis labios antes de
encomendarme a Dios, y cargar sin que importen las consecuencias contra el mayor enemigo que haya conocido nuestra raza. Estoy firmemente convencido de que me aproximo a una muerte segura, pero, al menos mientras quede uno solo de nosotros, intentaremos resistir frente al imparable avance de esta hueste infernal que, esta vez sí, está más cerca que nunca de alzarse con la gloria y el triunfo que les fue negado en el principio de los tiempos.
Israel Santamaría Canales (España)
Publicado en la revista digital Minatura 124
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Hace 13 horas
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