viernes, 20 de septiembre de 2013

AQUELLA MIRADA

Era un día de invierno, nublado, frío y no tardaría mucho en hacer presencia la lluvia, una lluvia que se presumía torrencial a juzgar por el color del cielo, un color gris, gris negruzco que casi hacía pensar
que era de noche en vez de día. La gente... ¡como siempre!, de arriba abajo, de aquí para allá, unas caras más serias que otras, pero en cuantas personas estábamos en aquel instante allí, había algo en
común: todos, al menos esa impresión daba, teníamos prisa por llegar. ¿Adónde? ¡No lo sé! No sé si cada persona tenía un destino o incluso había quien iba sin rumbo fijo, a la deriva... enfrascado cada
cual en sus problemas, en sus quehaceres más o menos diarios.
Al ir a cruzar una de las estrechas calles, enfrente se apelotonaba un grupo de personas empeñados en hacer lo mismo que yo, algo llamó poderosamente mi atención; se habían clavado en mí un breve, ¡no!
un brevísimo instante y fue el suficiente para horadar, creo, que todo mi ser. Algo en mi se alteró, se impacientó como intuyendo un mal presagio. ¡Me impactó tanto la mirada de aquellos ojos, de aquella
mujer! No había sentido nunca nada igual y creo que jamás había sido testigo de una mirada tan melancólica, tan triste que casi hacía llorar. No sé porqué cuando nuestras miradas se cruzaron sentí una imperiosa necesidad de salvarla, pero ¿salvarla de qué? –me preguntaba yo–. Lo cierto es que me hice mil preguntas y una de ellas fue qué pensó ella –si pensó algo– al clavarme sus grandes ojos,
pues fue como si hubiera adivinado mi interés por saber qué podía ocurrirle a una mujer para tener aquella mirada. En verdad era la mirada más triste que había visto en mi vida. Por la apariencia,
parecía pertenecer a una clase acomodada, nada desdeñosa, hasta cierto punto atractiva y más bien sofisticada. ¿Qué podía haber enturbiado su vida? Supuse que tenía un amplio abanico donde elegir
la respuesta, pero no me atrevía a determinar un porqué, un motivo concreto, una causa. ¿Quién era yo para tal evento?, ¿qué sabía yo?
Estaba claro que nada; reconozco que en las horas siguientes no pude quitármela de la cabeza, aunque aquella imagen se fue difuminando poco a poco, pero nunca del todo.
Lo terrible fue cuando al día siguiente leí en la prensa: “Una mujer se suicida por problemas sentimentales”. En un principio no me había percatado bien, pero mi cuerpo se quedó congelado, como sin sangre, cuando vi la fotografía de la mujer y contemplé atónita, incrédula, que era la misma con quien yo me había cruzado el día anterior y cuya mirada me impactó sobremanera.
Todo ello me sensibilizó y mi mente era un laberinto sin salida, quería saber, pero a ciencia cierta –lo cual era un imposible– si yo, o alguien, hubiéramos podido evitarlo de no andar a lo nuestro, de no estar
enlatados cada uno en nuestros problemas, de haberle concedido tan sólo unos minutos de nuestro tiempo –si ella lo hubiera consentido–, cosa que en el mejor de los casos y en la sociedad en que vivimos, ésta no nos lo hubiera perdonado o quizás, el más egoísta, a sí mismo no se lo hubiera permitido.
Desde aquél día, sigo yendo a recoger mi correspondencia haciendo el mismo itinerario, pero siempre hay una mirada, en un momento dado y en un lugar concreto que me persigue.

Maria José Mielgo Busturia -España-
Publicado en la revista Oriflama 22

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