Siguen aconteciendo las mismas desgracias de siempre; idénticos crímenes, eternos conflictos, miserias que se repiten sin que parezca que hay una posible solución. Pretender ser inmune a todo esto es imposible y, además, sería atentar contra la ética y la sensibilidad.
Seguimos siendo bestias ahítas de sangre, egoístas que no parecen entender que no somos eternos. Los poderosos, los que pueden cambiar las cosas, se limitan a mantener el estatus quo y proteger a los de siempre, de los que reciben sustanciosos premios, ya sea en poder o en dinero. La basura se sigue acumulando en cada esquina de este planeta al que nos hemos empeñado en destruir.
A la luz de la luna llena aúllan los muertos desconocidos; niños que no entienden por qué han de destruir el autobús donde viajan hasta el colegio; mujeres que pierden primero a sus esposos y, después, sus propios hogares arrasados por blindados y militares; indígenas cuyas aldeas son desmanteladas para que otra nueva carretera pueda surcar los antaño poblados bosques, hoy convertidos en eriales y canteras contaminantes.
Somos lo que somos: animales depredadores. Y el mayor problema es que, parece ser, que nos gusta serlo.
Francisco J. Segovia -Granada-
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Hace 1 hora
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