Aletea el universo sobre el nido de tus ojos,
de su niña nace el fuego que ilumina las estrellas
y me miran, y me observan, me protegen y me ciegan,
su calor es ley divina que decide mis sonrojos.
Ondea la laguna serena en valle de tus ojos,
su reflejo es del nenúfar que en su centro parpadea
dibujando la espiral de los sueños que allá navegan,
al edén que no consiente atravesar a mis despojos.
Mírame desde el umbral de tus lugares infinitos
donde nace cada verso, donde muere cada cuerpo,
donde entierras mis delirios bajo un manto de suspiros.
Mírame desde ese centro donde brota cada cielo
y que lluevan los destellos de la niña del destino
y que rocen esta piel para hacerme más eterno.
Gustavo González -Valladolid-
lunes, 22 de julio de 2013
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