Me alejaba calle abajo, a sabiendas de que las cuatro de la madrugada no era una buena hora, para una mujer sola y algo bebida. El recuerdo me acompañaba en aquel solitario camino: “Como los ojos del huracán/ así son tus besos/ como la mar en calma, tu mirada/ tu cuerpo, terciopelo ondulado en el frenesí/ tu alma, la veo con cada grito de orgasmo/ eres el ángel de mi muerte/”.Es lo único que encontré cuando volví a casa tras salir del hospital, una poesía, verso a verso mortificándome. Tras aquello, él desapareció. ¿No pudo al menos seguir siendo mi amigo? Después de aquella tragedia, con todo cuanto pasamos juntos, después de saberme rota, aunque ya no pudiese ser mi pareja, me podría haber brindado algo más que una huida, por lealtad, por principios, por todo cuanto vivimos y fuimos. Aunque se acabase el amor, había un hilo de humanidad uniéndonos a ambos, lo rompió emprendiendo su huida. Por eso, nunca quise volver a dejar a la gente acercase demasiado a mí, podían traicionarme y marcharse como él lo hizo. Yo era el ser más solitario, del mundo conocido por mí. No logré superar la traición, no ya la del hombre, sino la de la persona, siempre lo tuve por mi mejor amigo. Sola, sola, sola, completamente sola.
Era un excéntrico, al principio me atrajo, después me acabó repugnando. Quedó como un relicario en mi alma, el recuerdo del nacimiento de nuestro bebe muerto al nacer de color violeta amoratado, no quiso verlo. Lo enterré, no permití ninguna compañía allí conmigo; él, menos. No supo abrazarme, no quiso consolarme y cuando sacaban al niño de dentro de mí, le miró horrorizado, como si viera un monstruo. Chillé en busca de un abrazo y salió corriendo del quirófano. No soportaba aquella visión, era un feto muerto, no podía ser hijo suyo. Pero lo era.
Agradecí el día que encontré unos versos mal hechos de despedida. Desde entonces mi vida fue un carnaval, viví al día, sin buscar nada. Mantengo mi secreto, porque ahora ambos, padre e hijo están juntos, ambos muertos. Él también se puso azulado, cuando tras amararlo a la cama para practicar sexo, de manos y pies y vendarle los ojos, pasé un cordón por su cuello y dejó de respirar poco a poco. Creyó encontrarme por casualidad, pensó que aún le amaba, sintió como lo deseaba, todo mentira. Ahora permanezco muda, con los labios pintados de rojo y con gafas negras, no soporto la luz del día.
De: Verso a Verso. [Página Oficial de poesía] de Nuria González Carrillo.
I CERTAMEN "Microrrelatos".
DE FACEBOOK - 6746 - INTENCIONES PARA 2026
Hace 1 día
No hay comentarios:
Publicar un comentario