Corría el año 3567 de la vieja era cuando se conoció la terrible noticia: el planeta Tierra dejaría de existir en cuestión de horas. Todo estuvo fríamente calculado: habían aplazado el anuncio para que solo se salvaran los poderosos. Mientras el pánico y todos esos sentimientos elementales diezmaban al común de la gente, los poderosos habían embarcado en naves de plata, con destino a un planeta cercano, descubierto hacía un par de años atrás. Fueron los testigos privilegiados del final, la Tierra inundada de tormentas imparables y luego devorada por su propio fuego interno.
Finalmente llegaron a su destino pero la ironía, marca personal del universo, los estaba esperando: fueron recibidos por una raza superior pero perversa que los esclavizó sin miramientos. Ahora los poderosos ya no eran poderosos y solo añoraban, cuando el trabajo los dejaba, la Tierra antigua, repleta de gente sin poder…
Esteban Moscarda (Argentina)
Publicado en la revista digital Minatura 119
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