jueves, 8 de diciembre de 2011

POEMAS


Primavera

Has estado tan cerca tantos días
que te consideré la primavera.
No la que en marzo anuncia, pregonera,
fragancias, coloridos, melodías.

Mas aquella que inicia travesías
por los mares del alma, viajera
por canales de sangre que acelera,
y multiplica ocultas energías.

Primavera sin ley, sin calendario,
cuyo voraz espíritu incendiario
regenera o calcina, dobla o mengua.

Estaba, y eras tú, seda y bramidos,
en mi cripta de ideas y sentidos,
clavando en mí la punta de tu lengua.


Hoy como ayer

Renacida la luz, su lengua muda
llamó tu nombre, que la sombra ignora.
A aquel tenue destello de la aurora,
que nadie percibió, te vi desnuda.

Y pensé ir hacia ti. Tuve la duda
de cómo confrontar la tentadora,
súbita aparición, y aún me devora
la flaqueza de ayer, que hoy se reanuda.

Cruzas, vestida, frente a mí, aleteo
de sedas y esbeltez, pero te veo
como te vi, en tu imagen más genuina.

Y aún no logro llegarte, aunque la mente
a ti me impele a ritmo de torrente,
y el corcel de mi sexo se amotina.


Campestre amor

Me quedaré dormido en el sereno
remanso de tu piel, ya desmayada.
Fue la brega tenaz, sin retirada,
a plena luz del día, sobre el heno.

Recién segado el campo, en el estreno
de esta fragancia rústica, bordada
sobre el tul de la brisa, gracia alada
en revuelo gentil sobre el terreno.

Su caricia en la piel, como quien juega
tercera posición en la refriega,
apenas fue en la misma percibida.

Ahora se hace notar, en el sosiego
de este epílogo azul, templado el fuego,
erizando pezones… ¿Ya dormida?


Sobre mis hombros

Sobre mis hombros va, lastre agobiante,
y mi espalda se curva bajo el peso.
Me fue tan predilecta, que el proceso
de olvidarla se torna agonizante.

Pude llevarla, en su fervor de amante,
como tatuaje sobre el brazo impreso,
no más carga que el hálito del beso
estampado al pasar en un semblante.

Una vez, al besarme de tal modo,
sentí que ella, o mi fe, o el mundo todo
se desplomaba sobre mí, opresivo.

Y así voy por la vida, con la carga
de media muerte, y media vida amarga,
de sus propios espíritus cautivo.

FRANCISCO ALVAREZ HIDALGO-Los Angeles-

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