Mi sangre no es azul, ni roja,
ni dorada, mi sangre es purpura indeleble,
que nutre mi existir descompensado.
En la baranda del mirador de las nostalgias
observo la ciudad y las ciudades, todas una,
y una, como todas, encendidas y murientes
en ocasos diseñados por el miedo.
Hileras amarillas encienden avenidas crueles
y mortales de ruido equidistante y cotidiano,
los autos son pequeñas "minividas" en escala,
todo en ellos equivale al pasar por esta senda
tan poblada y a la vez tan desolada,
inexorable tristeza soportable, amortizada,
como un pobre en la puerta de una iglesia,
como un niño de las calles, sin futuro,
como un muerto que se queja del entierro,
como un rico que escapó por la ventana
tras, atónito, comprobar que la existencia
no se endulza con poder adquisitivo,
como un santo a quien le dicen que no hay "Cielo",
como un perro malcriado, que ya estorba en el verano.
Así es mi piel, caprichoso conjunto, que protege
mi alegría profunda, la alegría del sabedor
que el mañana lo inventaron una tarde de "parranda".
Paco José González
No hay comentarios:
Publicar un comentario