miércoles, 22 de octubre de 2014

EL DESHIELO


Mas queda todavía
algo por decir. Pues casi
demasiado súbita vino hasta mí
esta felicidad. Lo solitario,
y yo, sin comprender mi riqueza,
me volví hacia una sombra.

Susette Gontard:
cada día salgo a una búsqueda nueva,
aunque el mundo pone a prueba
los posos de mi energía.
Salvo tú y la algarabía mental
que atascan mi noria revulsiva,
no hallo gloria en esto de perecer,
solo por enmudecer
mi desazón perentoria.

El hielo caía sobre mi espalda, y el Neckhar lo arrastraba como una flor nocturna que no termina de vagar y la repudia el cierzo, y éramos hermosos, con la afiebrada doncellez de un monasterio en ruinas.
Tú estabas junto al fuego, sin dejar de indicarme los recovecos para llegar a Zimmer, el delirante Zimmer, el patético Zimmer, siempre bajo virutas de un no acabado calidoscopio íntimo.

Diótima:
las cosas mudan de cataduras,
de nombres,
y no consiguen los hombres refrenarlas,
porque enviudan
(las cosas) huyen,
reanudan sus reintegros al Fluir,
y yo no puedo impedir
que, patibularias, finjan ser veraces,
y restrinjan al vértigo de omitir.  

Tú estabas, perturbador vocablo que me excluye en el límite, y yo perseguía tu belleza de mármol jónico recién desarraigado, tus modos de encarnar en mi papelería intemperismos, junto a las estatuas sin vibración de Patmos.
Yo percibía la música al pronunciar la sílaba de mis desafueros manuscritos, como se intuye la estridencia de la disolución: sin extravagantizarse, y el mundo se mareaba de solemnidad.

La ajenidad prohibitiva.
Los villorrios traicionados.
Los ídolos alienados.
La seudpágina altiva.
Todo es en mí privativa abducción,
brutal remedo de un evanescente credo
en arcángeles malquistos
que enfila mis anticristos
a contender contra el miedo.

Todo ese invierno fue resol, transcurso ojerizo y glacialesco que aún bosteza en los alrededores, y ponía en duda la duración textual, cuando despertabas a mi lado en esta suerte de necrocomio que es mi umbrátil montículo, pero las cosas tienen un costado de insubordinación a lo incesante,  un perfil endémico opuesto al suceder ad usum, y la antipatía del iceberg es análoga al deterioro del ingenio, según la escarcha devela la opacidad que gobierna el espíritu.

Diótima:
¡qué sucesión de acabamientos!
Susette:
asistimos a un ballet de sombras,
por omisión.

Aunque no te vea,
dispón tu mano sobre estos ciscos
luctuosos, agrios, ariscos,
y de una vez cesarán
cuando concluya mi afán
de hablar con los obeliscos.

RONEL GONZÁLEZ SÁNCHEZ
Seleccionado por Claudio Lahaba

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