Cruzaba un puente de tablones que pasaba por encima de un riachuelo verdeoro,
cuando de pronto, a mi derecha, escuché un chapoteo,
era una rana
o un sapo.
Es una rana, me dije,
porque el concepto de rana no resulta tan desagradable
según los cánones
de los cuentos de mi infancia.
Miré a la cara a la rana,
tenías los ojos saltones y movía el buche con pasión,
estaba anclada como a fuego,
junto a una roca.
Me dije que qué sentido tiene ser rana,
una rana,
qué sentido ser millones de ranas.
Y me dije que yo al menos había leído a Kafka
y que por eso yo
tenía miedo.
Continué mi camino por una vereda
que bordeaba al riachuelo,
la rana croaba al sol
era su sino,
para ella no existían ni el viento
ni las ramas rotas.
Mientras me alejaba,
le daba vueltas al asunto,
sí, he leído a Kafka, sí,
como algo inevitable,
pensé olvidándome de la rana.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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